La necesidad imperiosa de matar el tiempo con lo que sea me mata, valga la aliteración. Es verdaderamente desesperante. ¿Ir a dónde, si ya fuiste mil veces a todo lo que existe? ¿Ver qué, si lo mismo? ¿Leer? Bueno, siempre y cuando se necesiten unas cuantas pasadas para extraer algo... estudiar, lo llamaría, la única evasión posible de esta apestosa realidad que es la vida del muy viejo ya. ¡Tanta mentira y estupidez alrededor!
Aunque uno a veces pille pecios. Me dispuse en medio de la tarde infinita a contemplar un video sobre la vida y obra de James Clerk Maxwel. Ni que decir tiene que de la verdadera sustancia del vídeo no conseguí captar ni un ápice: tan lejos estoy de poder comprender la esencia de esas fórmulas por así decirlo prometeicas. Sí, así es, formo parte de la inmensísima legión de los discapacitados intelectuales respecto del universo en el que respiro.
Pues bien, antes de entrar en harina, un profesor, a modo de introducción, hizo a sus alumnos unas consideraciones filosóficas sobre el devenir del mundo, o sea, eso que llaman historia. No hagan caso, les dijo, de todas esas guerras y demás mandangas que les cuentan para justificar por qué el mundo es como es. Nada que ver. El ritmo y la dirección de todo lo que ha pasado y pasa lo han marcado hombres como Newton, Maxwel, Einstein, y un pequeño puñado más de mentes tocadas por la divinidad. Es decir, Napoleón, pongamos por caso, a efectos históricos, es menos que un pigmeo si lo comparamos con Maxwel.
Y ahí es, digo yo, donde reside la gran mentira del mundo. Nos quieren hacer pensar que estos politiquillos de tres al cuarto nos condicionan la vida y por eso, por nuestro interés, debemos estar siempre pendientes de lo que dicen y hacen. Pues no, mire usted, nuestro presente y futuro lo dirimen las grandes cabezas pensantes, es decir, las que saben explicar el mundo utilizando la lengua de los dioses, las matemáticas para que nos entendamos. Porque, de qué sirve que vaya Pedrito e implemente una ley guay si en el interín un tipo que está en Caltech, o Teknión, o el MIT, va y descubre la fórmula para que los olmos den peras. ¡Ale, todo otra vez patas arriba! Y entonces, sí, puede que tenga que haber guerras en la búsqueda de la adaptación a lo nuevo. Pero sólo serán una desagradable consecuencia de la causa primordial: la insaciable sed de conocimiento del ser humano. En fin.
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