jueves, 14 de marzo de 2019

Ratoneras

Lo que siempre me ha maravillado de los ingleses es sus dotes para la pedagogía. Por ejemplo, en mi vida profesional como médico hay un antes y un después de caer en mis manos los textos escritos por británicos. Recuerdo un librito de un tal West que me dejó niquelada la idea de cómo funciona un pulmón a sus niveles más intrínsecos, es decir, el del intercambio de gases entre la sangre y el medio ambiente. Y así podría poner mil ejemplos más, aunque creo que con citar a Adam Smith y su "Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones" ya queda suficientemente remachada la idea que les quiero transmitir: cualquiera que se haya tomado la molestia de leer ese texto ya nunca, por siempre jamás, podrá ser socialista o cosa semejante o, por decirlo al estilo Sostres, será siempre de "tenemos" y nunca de "podemos". 

Les contaba estas cosas porque sigo entreteniendome con las vicisitudes de la comedia Brexit y estamos ahora justo atrapados en la ratonera. Así que ahora las cabezas más brillantes de la nación escriben y debaten sobre los caminos, o mejor las pretensiones, que inevitablemente abocan a las ratoneras. Al final, el intríngulis es el de siempre, la clase social prepotente importándole un bledo el destino de los peones. Antes, para conseguir sus fines les mandaban a morir en un campo de batalla; ahora les envían al paro para que se pudran junto a la barra de un bar o paseando al perro. Pero, claro, el problema que tienen hoy esas clases prepotentes es que no lo son tanto porque los peones tampoco son tan peones. Y de ahí que si no se avienen los unos con los otros acaban todos en la ratonera, o en el impasse como dicen otros, o el cul de sac los de más allá. 

Recuerdo la estulticia prepotente de un Boris Johnson cargado de falsas razones para seducir a los menos dotados de comprensión lectora. Pues bien, le vi ayer en el Parlamento y, para empezar, ya prescinde de aquellos cabellos de niño bien rebelde que tanto encanto le daban. Ahora más bien parece Pedrosillo el Ralo. Ha perdido mucho pelo, desde luego. Quizá las preocupaciones. A ver si ahora tiene tantas ideas para escapar de la ratonera como las que tuvo para caer en ella. Claro, el debía pensar que el alto precio a pagar para conseguir el paraíso no le iba a afectar a él que seguiría cobrando un buen sueldo del Estado. Y los millones de parados que se pudiesen generar, pues a cruzar el desierto, que también eso se acaba algún día. 

Una gran lección, desde luego, como la que están aprendiendo los pobres catalinos. Alguien en algunos consejos de administración debieron pensar que si conseguían mandar a la mitad de la población al otro lado del Ebro y luego declaraban el territorio paraíso fiscal aquello iba a ser la de dios es padre en la cosa de forrarse. Y ahora, ya ven, con todos los esbirros camino de la cárcel. Y los prepotentes de los consejos de administración callados como putas no les vayan a llegar las salpicaduras.

En resumidas cuentas, que por mucho que parezca que el mundo avanza siempre estamos en las mismas con los clásicos flautistas encandilando a las inextinguibles ratas. A dios gracias, alguien inventó las ratoneras.  



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