viernes, 8 de marzo de 2019

Valiente nuevo mundo

"Brave New World" es una novela de ciencia ficción que tuvo mucho prestigio cuando aquellos maravillosos años. La traducción literal del título al español sería, supongo, "Valiente Nuevo Mundo", sin embargo el editor, o quien fuese, decidió publicarla con el de "Un mundo feliz". El caso es que la distopía -así llaman ahora a la ciencia ficción- está llena de curiosidades de las de comentar en cualquier sobremesa de amiguetes, pero, sobre todas, a mi parecer, hay una que por si sola ya justifica todo el revuelo que montó el libro y es, ni más ni menos, que el útero de las mujeres ya no es necesario para gestar los embriones. Los óvulos fecundados se desarrollan en un líquido amniótico artificial dentro de un recipiente que reúne todas las condiciones requeridas para llevar la empresa a un buen fin. Por así decirlo, como en esos cultivos hidropónicos que no necesitan de la tierra para suministrar lechugas a los restaurantes de la ciudad. 

Para mí la gestación en vitro, ya digo, es un dato clave. Y no te digo ya ahora cuando todas estas oligofrénicas con carnet de socialistas en la boca nos quieren hacer tragar no digo ya ruedas de molino sino la mismísima refundación de toda la biología. Igualdad, berrean por calles y plazas como si estuviesen posesas. Bueno, pienso cuando las escucho, para eso, una de dos, o se inventa la gestación en vitro o será necesario que los hombres podamos parir. Y, francamente, eso lo veo problemático. En fin, si Descartes viviese ahora añadiría a lo de "pelos largos e ideas cortas" el calificativo socialista, que es lo que tiene creerse superiormente moral, que se atrofian las neuronas y se sueñan monstruosidades. 

 Así que, señoras socialistas, o sociatontas, que no sé, manos a la obra, que lo mismo que se descubrió la pilule, que por cierto no fue moco de pavo a efectos de mejorarnos la vida -a todas y todos como os gusta decir- se podrá descubrir si se pone en ello el suficiente empeño la forma de que podáis tener hijos sin que se os distienda la barriga. En llegados a ese momento, entonces, ya, sí, se os acabó el momio. Ya, los hombres, no tendremos por qué cederos el paso en las puertas ni demás imposiciones heteropatriarcalistas. Pero en el entretanto, por favor, dejar de dar la tabarra porque de lo contrario, una de dos, o nos suicidamos, o cogemos la metralleta. 

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