sábado, 18 de enero de 2020

Fracaso existencial

En realidad, lo de escribir un blog como éste no tiene sentido más allá de la autoimposición de una disciplina. Lo que pasa es que sigo pensando que esta disciplina que me autoimpongo es rentable a efectos de una mejor comprensión de la realidad. Ya lo he dicho mil veces, que la escritura es como una muleta que ayuda a reflexionar a los que por naturaleza vamos flojos de entendederas. Aunque no conviene engañarse porque también los más inteligentes utilizan la escritura para aquilatar sus argumentos antes de utilizarlos en el debate público. 

El caso es que uno no es que ponga todas sus energías en el empeño de conocer la realidad, pero sí bastantes de las que me quedan que no sé si son muchas o pocas. Y así me voy manteniendo con una razonable tasa de autoestima que sirve sobre todo para obviar por el momento la puerta de salida. Y en estas estoy, cuando, de buenas a primeras, va una de mis hijas y me cita como fuente de autoridad a Rigoberta Menchú. Ya, en cierta ocasión, le había escuchado apelar al franquismo para justificar algo que solo tenía que ver con las consecuencias del régimen permanente de celebraciones sin justificación al que han sido sometidos mis nietos. En definitiva, que pese a todos mis esfuerzos mi estabilidad emocional es tan escurridiza que cuando escucho cosas así en boca de mis hijas me siento concernido y me tengo que atar al mástil para no hacer un disparate.  

Y escribo sobre ello por ver si así se me enciende alguna lucecita y me apaciguo. Pero ni por esas. Solo puedo pensar que la vida me está pasando factura por lo que hice mal... que fue mucho si no casi todo. No me ocupé de mis hijas como hubiera debido y a la vista están las consecuencias: Rigoberta Menchú como fuente de autoridad. ¡Pero es que pueden concebir ustedes un fracaso existencial mayor! No me extraña nada que me cueste tanto conciliar el sueño. 

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