domingo, 30 de mayo de 2021

El sentido de la vida

Pues bien, en estos mierdosos tiempos que estamos viviendo sería conveniente que toda la mierdosa gente escuchase, si es que le quedan neuronas para ello, el alegato que hace el protagonista de El Manantial, la novela que escribiera Ayn Rand para denunciar la sigilosa deriva de los EEUU de América hacia las posiciones ideológicas de la Unión Soviética. La vida individual perdiendo posiciones frente a la colectiva. Los parásitos dejando exangües a los creadores. Es la eterna guerra interna de la humanidad: la ingente masa de zafiedad y envidia tratando  de hacer invisible la excelencia del individuo por todos los medios a su alcance que, afortunadamente, como la historia demuestra, no son muchos. Porque ese es y no otro el sentido de la vida: la excelencia del individuo. Todo el mundo la tiene y solo necesita libertad para encontrarla. Libertad que solo podrá conseguir matando al parásito que lleva dentro: el miedo, la envidia, la vaguería...

En fin, ahí va:

“Hace millones de años un hombre primitivo descubrió cómo hacer fuego. Probablemente fue quemado en la hoguera que él había encendido para sus hermanos pero les dejó un regalo inimaginable al hacer desaparecer la oscuridad de la tierra.

A través de los siglos hubo hombres que dieron los primeros pasos por nuevos caminos apoyados solamente en su visión. Los grandes creadores, los pensadores, los artistas, los científicos, los inventores, lucharon contra sus contemporáneos. Se oponían a todos los nuevos pensamientos, todos los nuevos inventos eran denunciados y recusados pero los hombres con visión de futuro salieron adelante.

Lucharon, sufrieron y pagaron por ello, pero vencieron. Ningún creador estuvo tentado por el deseo de complacer a sus hermanos. Ellos odiaron el regalo que él ofrecía, su verdad era su único motivo, su trabajo era su única meta. Su trabajo, no el de los que se beneficiaran de él. Su creatividad, no el beneficio que de ella obtendrían otros. La creación que daba forma a su verdad.

Él mantenía su verdad sobre todo y contra todos. Seguía adelante sin tener en cuenta a los que estaban de acuerdo con él o a los que no. Con su integridad como única bandera. Él no servía a nadie ni a nada. Sólo vivía para sí mismo. Y sólo viviendo para sí mismo pudo lograr las cosas que luego se han reconocido como la gloria de la humanidad.

Esa es la naturaleza de la creatividad, el hombre no puede sobrevivir si no es a través de su mente. Llega al mundo desarmado, su cerebro es su única arma. Pero la mente es un atributo del individuo, es inconcebible que exista un cerebro colectivo. El hombre que piensa debe pensar y actuar por sí solo. La mente razonadora no puede funcionar bajo ninguna forma de coacción, no puede estar subordinada a las necesidades, opiniones o deseos de los demás, no puede ser objeto de sacrificio.

El creador se mantiene firme en sus convicciones, el parásito sigue las opiniones de los demás. El creador piensa, el parásito copia. El creador produce, el parásito saquea. El interés del creador es la conquista de la naturaleza, el interés del parásito es la conquista del hombre. El creador requiere independencia, ni sirve ni gobierna, trata a los hombres con intercambio libre y elección voluntaria; el parásito busca poder, desea atar a todos los hombres para que actúen juntos y se esclavicen. El parásito afirma que el hombre es sólo una herramienta para ser utilizada, que ha de pensar como sus semejantes y actuar como ellos y vivir la servidumbre de la necesidad colectiva prescindiendo de la suya.

Fíjense en la historia. Todo lo que tenemos, todos los grandes logros, han surgido del trabajo independiente de mentes independientes y todos los horrores y destrucciones, de los intentos de obligar a la humanidad a convertirse en robots sin cerebros y sin almas, sin derechos personales, sin ambición personal, sin voluntad, esperanza o dignidad. Es un conflicto antiguo, tiene otro nombre: lo individual contra lo colectivo.

Nuestro país, el más noble en la historia del hombre, tuvo su base en el principio del individualismo, el principio de los derechos inalienables. Fue un país donde el hombre era libre para buscar su felicidad, para ganar y producir no para ceder y renunciar. Para prosperar, no para morir de hambre. Para realizar, no para saquear. Para mantener como su propiedad más querida su sentido de valor personal y como virtud más apreciada su respeto propio. Miren los resultados. Esto es lo que los colectivistas les están pidiendo que destruyan como ya se ha destruido en gran parte de la tierra.

Soy arquitecto y juzgo el futuro por las bases sobre las que lo estamos construyendo. Nos acercamos a un mundo en el cual no puedo permitirme vivir. Mis ideas son propiedad mía, me fueron arrebatadas por la fuerza, por violación de contrato. No se me permitió apelar. Se dijo que mi trabajo pertenecía a los demás para hacer con él lo que quisieran, que tenían sobre mí un derecho sin mi consentimiento, que era mi deber servirles sin elección o recompensa.

Ya saben por qué dinamité el edificio Portland. Yo lo diseñé. Yo lo hice posible. Yo lo destruí. Acepté diseñarlo con el propósito de verlo construir según mis deseos. Ese fue el precio que puse a mi trabajo, y no fui pagado. Mi edificio fue desfigurado por capricho de quienes obtuvieron todos los beneficios de mi trabajo y no me dieron nada a cambio.

He venido aquí a decir que no reconozco que nadie tenga derecho a un minuto de mi vida, ni a ninguna parte de mi energía, ni a cualquier logro mío, sin importar quién lo reclame. Tenía que decirlo. El mundo está sufriendo una orgía de auto-sacrificio.

He venido aquí para ser escuchado en nombre de todos y cada uno de los hombres independientes del mundo. He querido exponer mis ideas. No me interesa trabajar ni vivir por otras. Defiendo por convicción el sagrado derecho que tiene el hombre de vivir con libertad de elección.”

sábado, 29 de mayo de 2021

Délitement

Como estoy hasta los mismísimos de todo esto he decidido volver por donde solía, es decir, por el malditismo, la única vía practicable en tiempos de délitement, como los definen esos generales franceses que han emitido un comunicado instando a tomar medidas drásticas, tú ya me entiendes.  

Estaba disfrutando mucho con los vídeos del Precepteur y, también, con los audiolibros de AMA, pero, de pronto, he caído en la cuenta de que toda esa superficialidad era vaselina para mi espíritu, o sea, que ni por pura casualidad conseguía una sacudida, o desmentido, que me pudiese sacar de la típica modorra propia del tío comme il faut.

Así que, a grandes males, mayores remedios. Cogí, agarré y me puse a escuchar la versión que Don Garfialo hace de La Senda del Perdedor. Es, a mi juicio, una espléndida versión. Don Garfialo es generoso con las pausas. Se le oye aclararse la voz, el chasquido del encendedor, la profunda calada al porro, un nuevo carraspeo, silencio más o menos largo, y prosigue. Ya no me puedo imaginar a Bukowski de otra forma que no sea la que da de él Don Garfialo. 

La Senda del Perdedor no sería el libro que me llevaría a una isla desierta porque no me llevaría ninguno. Pero si alguno llevo en mi corazón de lo que se ha escrito de hace un siglo para acá, sin duda es ese. Está todo en él. La única forma posible de ser hombre, en definitiva. Afrontar el mundo que te ha caído en suerte sin esperar que nadie venga a echarte una mano cuando empiezas a perder pie. Observar y callar. Ser leal con los amigos. Indiferente con los malvados. Compasivo con los débiles.

En fin, en estos tiempos de délitement, como les decía, lo único que te puede mantener a salvo es no perder de vista el culo de las tías. Porque entonces, todo lo demás, se te dará por añadidura.  

domingo, 23 de mayo de 2021

Proporción áurea



 

De entre la multitud de restos biológicos que hay diseminados por la playa, a María le gusta recoger estos que les muestro en la foto. Ella les llama opérculos. No tengo ni idea de dónde provendrá tal maravilla ni tengo la menor intención de ponerme a descubrirlo por medio de la wikipedia. Pienso que ya sé demasiadas cosas inútiles y sería estúpido añadir una más. Pero eso no quita para que al verlo no me vengan a la mente ciertos conocimientos que tengo sobre cómo crece lo que por el querer de los dioses se ha iniciado. Es exactamente así: 1 célula+1 célula=2 células; 2+1=3; 3+2=5; 5+3=8; 8+5=13; 13+8=21; 21+13=34; 34+21=55; 55+34=89... es decir: 2,3,5,8,13,21,34,55,89... o sea, que cualquier número es la suma de los dos precedentes: lo que se conoce como secuencia de Fibonacci. 


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Pero aquí no acaba la cosa. ¿De donde les viene la belleza a esos opérculos? Pues muy sencillo: cojan cualquiera de los números de esa secuencia y divídanlo por su anterior, comprobarán que a medida que van avanzando por la secuencia el resultado se aproximará cada vez mas a 1.61803398874989, es decir, lo que desde que lo descubrieran los griegos viene siendo conocida como la proporción áurea. 

Aunque no nos engañemos, lo que realmente, más que bello es sorprendente, es que los seres humanos hayamos llegado a poner en números la forma en la que la naturaleza se desenvuelve. Y de ahí  quizá sea que proviene este pecado de soberbia que nos está carcomiendo los hígados. Lo cual no quita para que no se necesite saber nada de nada para que los opérculos nos sigan pareciendo bellos. 

sábado, 22 de mayo de 2021

La vida, la vida es

Según cierto manual de la buena vida que circula por ahí, hay bienes que son naturales y necesarios. También los hay que son naturales, pero no necesarios. Y, por si fuera poco, también los hay que ni son naturales ni tampoco necesarios. Claro, aquí, para empezar tendríamos que saber de qué estamos hablando cuando hablamos de bienes. Porque, por poner un ejemplo, si es algo que ni es natural ni tampoco necesario, ¿por qué demonios habríamos entonces de hablar de bienes? Es complicado, desde luego, así que lo mejor es que nos inventemos una definición y nos atengamos a ella para seguir discurriendo. 

Digamos que un bien es algo que deseamos y que una vez conseguido nos proporciona un cierto placer. Si lo deseamos mucho, al conseguirlo el placer será grande. Si poco, seguramente pequeño. Y también, es de suponer, si nos costó mucho conseguirlo el placer será más duradero y si poco, será efímero. 

Hasta aquí, como diría Salvatore Vargas, todo cae de maduro. La cuestión, sin embargo, empieza a hacerse peliaguda cuando empezamos a considerar lo de natural o antinatural  y necesario o innecesario. Pónganse a hacer listas sobre el particular y verán que pronto caen en la cuenta de que es imposible ser objetivo a tal respecto. Lo que para unos es antinatural para otros es natural hasta las cachas y, ya, no hablemos de lo que es necesario o innecesario porque, ahí, nadie es quien para decirte lo que tu necesitas o dejas de necesitar. 

En resumidas cuentas, que todos esos libros sobre el arte de ser feliz, no importa que los haya escrito el mismísimo Schopenhauer, no son más que palabrería que no aguanta dos meneos de cualquier pensamiento de mediano fuste. En lo único, pienso yo, que podrían estar atinados es cuando apuntan a que solo el sufrimiento a causa de las continuas equivocaciones puede ayudar algo a no repetir la imbecilidad. Aunque, por otra parte, tampoco es cosa ahora de ponerse a echar por tierra lo de que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. Dos y cien, diría yo. 

En fin, como dice la canción, la vida, la vida es. Así hay que aceptarlo y, si quieres redondear, procura que el vino que bebes sea caro.   

jueves, 20 de mayo de 2021

De qué hablo

Hay por ahí un actor totalmente desconocido para mí, como prácticamente todos, por otra parte, que se hace llamar Don Garfialo y al que suelo escuchar porque me gusta como lee los textos de Bukowski. A decir verdad, es más que posible que el actor tenga poco que ver y que fuese quien fuera el que los leyese me seguirían gustando igual. ¡Y qué le voy a hacer si los textos, o poemas, como dicen algunos, de Bukowski me llegan a lo hondo de mi ser! Y ni sé, ni quiero saber por qué es así, simplemente es y con eso me basta.  


Nadie puede salvarte sino tú mismo.

Te verás una y otra vez en situaciones casi imposibles.

Intentarán una y otra vez por medio de subterfugios o engaños o por la fuerza que renuncies.

Te des por vencido y mueras lentamente por dentro.

Nadie puede salvarte sino tú mismo.

Será muy fácil desfallecer, pero muy fácil.

Pero no desfallezcas, ¡no!, ¡no!

Limítate a mirarlos, escucharlos... ¿quieres ser así?

Un ser sin cara, sin mente, sin corazón...

¿Quieres experimentar la muerte antes de la muerte?

Nadie puede salvarte sino tú mismo.

Y mereces salvarte. No es una guerra fácil de ganar, pero si algo merece la pena ganar es esto.

Piénsalo. Piensa en salvarte a ti mismo. Tu parte espiritual, tu parte de tus entrañas, tu parte mágica y ebria... ¡sálvala!

No te unas a los muertos de espíritu.

Mantente con buen talante y garbo y al cabo si fuera necesario apuesta tu vida en plena refriega, ¡al carajo las probabilidades!, ¡al carajo el precio! Nadie puede salvarte sino tú mismo.

¡Hazlo!

¡Sálvate!

Entonces sabrás exactamente de qué hablo.


martes, 18 de mayo de 2021

La voluntad de vivir

Lo mismo que vinieron, se fueron. Así es la condición humana predominante, la de moverse al unísono. Tres días, 1400 kilómetros. Un día y medio de playa. Estoy seguro de que a la mayoría les mereció la pena. Y no por nada, sino porque reconocer lo contrario nos llevaría a una oleada de suicidios. En cualquier caso, sus perros han sido felices a rabiar. No había más que verlos corretear entre la multitud. A nadie molestaban porque nunca molesta aquello a lo que se adora. ¡Ay, si por cada perro hubiese habido un niño! Entonces, seguro de toda seguridad que tendríamos asegurada la reposición poblacional. Pero bueno, a quoi bon venir ahora con esas. Queda muy antiguo, la verdad, eso de reproducirse. Que lo hagan los negros que no parecen tener cosa mejor que hacer. Y perdonen si parezco agrio, pero es que vengo de darle vueltas al mundo como voluntad y representación y no puedo sustraerme a su influencia y, más, que me va ese rollo. 

Desde luego que es una cosa curiosa lo de estos resorts seaside. Me pregunto a cuánto saldrá de media el día de capricho. Porque los restaurantes se abarrotan y no son baratos. Solo hemos visto uno en el que dan menú y que, por supuesto, es al que vamos de vez en cuando. A comer con los manobras que es lo que he hecho toda la vida y que no me saquen de ahí. Porque no hay cosa que me produzca más ansiedad, angustia, o no sé cómo decir, que estar en uno de esos sitios de gente guapa. Bueno, quizá es por soy un miserable y no puedo parar de pensar en el clavo que me van a meter. Y, total, ¿qué mejor cocinera que el hambre? El que tienes después de una mañana de andar matándola al aire libre. Salmorejo, un cuarto de pollo asado con papas fritas, un helado de café, con su pan y caña, diez euros. En una terraza a la sombra de una sombrilla. Ya te digo, y viniendo uno de donde viene.

Por lo demás, siguen llegando cadáveres de atunes a las playas. De pronto ves allá, unos cientos de metros mar adentro, una cosa sobre la que revolotean las gaviotas, poco a poco se va acercando y para cuando estás de regreso del paseo ya te lo encuentras varado con el típico aspecto repugnante que produce la putrefacción interior. Bueno, voy a ver si hoy dedico el día a enterarme de las causas de esos varamientos. Seguramente tiene que ver con las almadrabas porque los bichos tienen cuerdas enredadas sobre sus cuerpos. Schopen me diría que no es otra cosa que el que así se objetiva la voluntad de vivir. Es decir, que esto va de cazadores y presas. ¿Se imaginan la cantidad de peces que habrá comido un atún antes de que nosotros le comamos a él? Ya, ¿y a nosotros quién nos come? Mejor dejar la respuesta para otro día.

sábado, 15 de mayo de 2021

Atún rojo

Me pasó Isi un librito de Michel Houellebecq titulado En presencia de Schopenhauer. ¡Y vive Dios que lo he disfrutado! Pero no les voy a dar la turra con las vanas trascendencias de las que el vivo conversa con el muerto. Todo son metafísicas, o sea, palabras que se lleva el viento. Más o menos, como cuando uno se libra a filosofar con los amigos en uno de esos peripatetismos afortunados. Y digo afortunados porque a veces se consigue juntar las palabras de tal manera que da la sensación de que como que has comprendido algo que se te venía hurtando al entendimiento. Digamos, así, en plan cursi, que has conseguido un momentáneo placer estético. Lo que no es poco, pero tampoco mucho, a qué nos vamos a engañar. 

Y aquí sigo, cabe el estrecho, viendo pasar a los gigantescos paquebotes con su carga de inutilidades camino de Róterdam. Ya saben, economía sostenible. Y lo digo sin acritud, que bien que disfruto sumergiéndome en esos bazares chinos a la búsqueda de cualquier chuminada que pudiera sacarme por un rato del marasmo existencial que me señorea. Pero, bueno, ésta es otra historia porque, además, aquí, aunque parezca imposible. no hay bazares chinos; solo un todo a cien de una viejecita autóctona. Ayer le compré un cepillo para tratar de limpiar las huellas que dejan los ojos de los pájaros que sobrevuelan las terrazas. Porque se da el caso de que tenemos una casita con dos terrazas como la que le exigía aquella mexicana a su pretendiente como condición previa para no darle calabazas. En fin, qué quieren que les diga si no que la mexicana sabía muy bien lo que se decía porque las terrazas en estos climas son una auténtica bendición. 

Total, que, en menos de lo que canta un gallo, el pueblo se ha llenado de turistas. Eso sí, todos ellos de la típica tipología, ¡que bella aliteración!, "no sin mi perro", ya saben como lo de aquella americana que no quería irse de Irán sin llevarse a su hija. En fin, ¡a quién se le ocurre casarse con un iraní! A Dios gracias, a nadie le impiden sacar a su perro de Madrid. Por lo demás, hoy es el primer día desde que estamos aquí que el viento es solo brisa. Muy de agradecer por más que las temperaturas se estén disparando. 

En resumidas cuentas, que María ha comprado unos filetes de atún rojo y nos los vamos a comer hoy en la terraza de levante. ¿Se imaginan lo que sería venir hasta aquí y no comer atún rojo? Por cierto que estos días pasados hemos podido ver que en la playa había varados varios atunes en estado de putrefacción. No sé si serán de los que escapan de las almadrabas malheridos o qué otra cosa. El caso es que antes de ayer vinieron unos tractores con palas, hicieron unos agujeros en la arena y los enterraron. Claro, para evitar malos ratos a los turistas que estaban ya al caer. Está todo calculado al milímetro. ¿Qué diría Schopenhauer de todo esto si levantase la cabeza? De lo que diría Houellebecq no me cabe la menor duda: que faltan putas. 

lunes, 10 de mayo de 2021

Divagaciones cabe el estrecho.

Si paseas en dirección norte por la playa de Zahara siempre tienes a la vista el cabo Trafalgar. Ahí, justo al lado, se libró una de esas batallas decisivas en lo que a cambiar el curso de la historia hace. Lo mismo que Salamina determinó que el modelo cultural griego predominase sobre el persa, Trafalgar impuso el modelo anglosajón sobre, digamos, el del sacro imperio germánico. ¿O es que acaso Napoleón no se había hecho coronar por el papa de esa milonga? ¡Ya te digo, emperador, a esas alturas de la Historia!

Sí, me parece que lo mismo Trafalgar que Salamina son dos hitos de parecido significado en lo que a conquista de libertades individuales se refiere. Porque, claro, lo mismo que se ganaron se podrían haber perdido y entonces las cosas hubieran sido muy distintas. Pero no nos engañemos, las batallas no se ganan por casualidad; pocas décadas antes de que pasase lo de Trafalgar ya había dejado claro Voltaire en sus Cartas Filosóficas que los ingleses, por contra de los franceses, podían escoger libremente el camino por el que acceder a su particular cielo. O sea, algo mucho más importante que lo que pudiera parecer a primera vista, porque cuando uno es dueño de sus trascendencias, entre otras cosas, sabe por qué lucha cuando alguien viene con la pretensión de arrebatárselas.

"Estaríamos perdidos si no hubiésemos estado perdidos". Así comenzó Temístocles su arenga a los atenienses antes de entrar en combate frente a las costas de Salamina. Si no hubiésemos estado no es lo mismo que estarlo en el presente. Porque, para cuando Temístocles pronunció tal arenga ya había surtido efecto el engaño que apartó del combate a media flota persa. Y, entonces, lo mismo que Nelson en Trafalgar, Temístocles lanzó sus trirremes al centro de la muralla de madera, como la había llamado el oráculo, para atravesarla y luego atacar la retaguardia enemiga. El movimiento envolvente que le dicen. Bueno, no sé, estoy hablando por hablar, pero creo recordar ciertas similitudes tácticas en ambas batallas.

En cualquier caso, por aquí el hipogrifo violento corre parejas con el viento. Es que, physic work. El aire se estresa al pasar entre las espaldas de Atlas y la Sierra Nevada. Demasiado estrecho para tanto trecho.  

sábado, 8 de mayo de 2021

In vino veritas

Siguiendo con lo de la Sra. Ayuso, me gustaría poder hacerme una idea de los porqués del odio que suscita en determinadas capas de la población. Saber los porqués de las cosas que pasan indefectiblemente, es decir, sin que nada podamos hacer nosotros para que sean de otra forma, es lo que para Espinoza constituye nuestra posibilidad de ser libres. En fin, sea como sea, no me negarán que nos pasamos la vida intentando saber por qué demonios las cosas son como son y no de otra manera y que, cuando damos con alguna respuesta que nos parece más o menos acertada, sentimos un gran alivio o, incluso, satisfacción. ¡Y qué le vamos a hacer si estamos hechos así!

Pues sí, es una verdadera incógnita las causas de ese odio porque la Sra. Ayuso así, a primera vista y sin saber a qué se dedica, seguro que por su constitución física, la forma en que se mueve, su manera de hablar y demás atributos, no solo cae bien sino que podría suscitar ciertas fantasías eróticas en buen número  de hombres y en no pocas mujeres dado como está el patio. Porque es que la Sra. Ayuso tiene un no sé qué a lo Sara Montiel que es que parece talmente que se la va a acercar un general ruso con monóculo y la va a morder en una teta, como vimos en aquella película en la que Sara cantaba los cuplés de tal forma que es que hasta a mi padre le ponía como una moto. 

Sí, por qué la odian tanto. Porque yo lo entendería en toda esa gente que tiene en la política su modus vivendi, que por cierto no son dos ni tres sino legiones, pero todos esos otros a los que ni les va ni les viene... sí, desde luego que aquí vamos a tener que echar mano de la cosa freudiana. Complejos relacionados con la saga tebana que fundaran Cadmo y Harmonía. Recuerden que la hija de ambos, Semele, estaba tan buena que Zeus no se pudo resistir y le hizo un hijo al que, para que una mortal no diese a luz a un dios, se lo arranco del vientre antes de parir y se lo cosió a su propio muslo para que allí completase la gestación . El dios Dionisos, concretamente, que tantos quebraderos de cabeza dio a la famosa saga tebana por aquello de que el vino que vende Asunción ni es blanco ni tinto ni tiene color. 

Sí, ese odio de mal vino que enloquece a las bacantes. Quizá haya algo de eso. El mal vino que ya denunciara Celestina cuando se lamentaba de que el bueno es caro. Y, después, Bukowski, que lo primero que hizo cuando la fama empezó a proporcionarle cash fue no permitir que en su casa entrase vino que no fuese de la máxima calidad. Porque quizá no haya otra explicación que esa, la del vino, que en muchas tabernas de Madrid debe de ser de pésima calidad. Y entonces como que, el que lo bebe, no puede soportar la idea de que un general ruso con monóculo no se pueda contener al ver a la Sra. Ayuso y se lance en plancha a morderle una teta, como les decía. La cochina envidia, para que nos entendamos.

No sé, pero como que me siento más libre ahora.

jueves, 6 de mayo de 2021

La cama y el bolsillo

 La Sra. Ayuso se ha llevado de calle las elecciones a la Asamblea de la Comunidad de Madrid. La Sra. Ayuso tiene un aspecto agradable, habla sin estridencias y dice lo justo, es decir, que ella no se va a meter en la casa de nadie ni, tampoco, va a asaltar los bolsillos de los madrileños. Sin duda, todo ello junto, ha convencido a una mayoría de madrileños que, no nos engañemos al respecto, son los españoles más evolucionados en la, por así decirlo, escala filogenética. 

Pues bien, meterse en tu casa y saquearte el bolsillo ha sido la política que se viene haciendo en España desde los años cincuenta del siglo pasado. Ese es el núcleo de la política que inauguró el denostado, por razones equivocadas, Franco. Socialismo puro y duro al que, después, sus sucesores, los socialistas de todos los partidos, no han hecho otra cosa que darle sucesivas vueltas de tuerca. Ahora, cada español tiene un cancerbero metido en la cama no vaya a ser que haga las cosas propias del lugar de una manera desencaminada y, por lo mismo, ya no es que tenga una mano ajena en el bolsillo, es que la ropa que lleva carece de ellos por haberse hecho innecesarios. Les contaré, y perdonen si me repito, como se vivió el invento en mi casa. Mi padre, que venía de una tradición liberal, tenía un libre contrato con su clientela. Le pagaban una iguala y él estaba al pie del cañón a perpetuidad, lo cual no quería decir que no pudiese ir muchas tardes a la capital a hablar con sus amigos de lo que fuera que fuese. A la vuelta, de noche ya, si había que subir a una cabecera, subía y a nadie reprochaba nada. Siempre con su libreta donde apuntaba las visitas que tenía que hacer. Todos los días unas cuantas y, después, la consulta, donde nunca faltaban media o una docena de personas. Y, si alguien se partía una pierna o un brazo, fuese cuando fuese, siempre estaba allí para arreglárselo, o para atender el parto intempestivo. Visto con la blandenguería actual, aquello podría parecer demasiado duro, pero es porque se olvida el reconocimiento que recibía, lo cual, como nadie es de piedra, era motor de su estabilidad y de paso de toda su familia. Y en esas estando, llego el general y lo desbarató todo. Dio a cada ciudadano una cartilla que le daba derecho a sentirse dios. De inmediato la consulta de mi padre pasó de la docena escasa de pacientes a los cuarenta o sesenta que más que pacientes eran pedigüeños. A ello se añadieron los imprescindibles representantes de los laboratorios farmacéuticos que se agrupaban en el jardín a la espera de que mi padre acabase con los pedigüeños para poder ofrecerle su ponzoña. Así fue que la cantidad de medicamentos recetados se multiplicó de la noche a la mañana por cien, claro está, con la correspondiente satisfacción de mi tío que era el farmacéutico del pueblo. Afortunadamente la mayoría de la gente siguió pagando la iguala porque seguramente sabían que con lo que la seguridad social pagaba al médico por persona, el medico no podía sobrevivir. Así todo, hubo quien se dio de baja y, como es lógico, pasó a recibir el trato propio de quien se pasa de listo. A la más mínima, carretera y manta. La ciudad apenas estaba a media hora de coche y allí, en las urgencias del hospital, siempre atendían aunque fuese a la industrial. En cualquier caso a los listillos del pueblo les cuesta distinguir su transición de persona a número. El caso es que no llevaba mi padre mucho tiempo soportando los cambios cuando empezó a perder pie. Y es que no era para menos. Claro, si hubiese sabido aprovecharse de las nuevas oportunidades que le ofrecía el invento, otro gallo hubiese cantado. Porque muy bien podríamos haber ido toda las familia a veranear por la cara al hotel Capsa Sal a cambio de haber escuchado los consejos del representante de farmacia adecuado. Muchos médicos lo hacía y les iba divinamente. 

Así fue que mi padre empezó a sentir unos molestos síntomas de ahogo que a la postre le llevaron a una dependencia farmacológica que en poco se diferenciaba de la de un yonki. Sus estados de ánimo eran los propios de un desequilibrado. Pasaba de la euforia a la depresión al mismo ritmo con el que subía y bajaba sus dosis de medicación. Y ya se pueden imaginar las repercusiones que todo ello tuvo en su entorno.

En fin, ya ven cuales son las consecuencias de que el Estado se te meta en la cama y en el bolsillo. Destruye a las personas a menos que se corrompan. De hecho, es difícil imaginar una maquina tan corrupta como en lo que ha venido a dar la sanidad pública. Ha convertido a la mayoría de los médicos en auténticos ladrones aun sin que sean conscientes de su latrocinio. Y, de paso, desparramado su poder de coacción hasta los confines de la intimidad mas personal. Hoy día nadie escapa a los controles de esa maquinaria que te impide vivir y, sobre todo, morir, como te dé la real gana. Sin duda, no hay tiranía que se le pueda comparar. Desde luego que si Séneca viviese hoy día no volvería a decir que la gran ventaja que tenemos es el poder elegir la puerta de salida. Ya, ni eso nos dejan. Cuanto más te retengan más te exprimen. 

In other words, be tue, que diría Frank Sinatra. A ver qué hace la Sra. Ayuso. No es que yo me vaya a caer de un guindo ahora, pero todo empieza por las palabras adecuadas y lo de la cama y el bolsillo, lo son sin la menor duda. 

lunes, 3 de mayo de 2021

Xarremeca

Supongo que ya les habré contado que mis esfuerzos por aprender francés se han visto de sobra compensados por el hecho de poder comprender a la perfección los vídeos que Le Precepteur tiene colgados en YouTube. Fede me dijo cuando le recomendé el que hace referencia a Prometeo que, sí, que le había gustado, pero, perinquinosos peros, añadió que era muy cartesiano. Cartesiano suena un poco peyorativo, como demasiado racional o así, pero en realidad no es más que abscisas y ordenadas para situar un punto en el espacio. Un espacio definido en el que poder operar con seguridad. La geometría analítica, el álgebra lineal. Bueno, vean si quieren los vídeos de Gilbert Strang y comprobarán por ustedes mismos lo que son los malabarismos con vectores dentro de ese espacio definido. Y perdonen el inciso, pero es que quería llegar a lo de los malabarismos. Porque es que los malabarismos, si no son precisos, dan con todo por los suelos. 

El caso es que iba ayer paseando entre perrolatras por el muelle del puerto pesquero a la vez que escuchaba el video que el Precepteur tiene dedicado al filósofo Michéa. Un tipo curioso este Michéa. Enseña filosofía en un instituto de segunda enseñanza porque cuando accedió a enseñarla en la universidad se dio cuenta de que enseñar filosofía a los que van para filósofos es como hacer pan para los panaderos. No le encontraba sentido. Él se la quiere enseñar a la gente que va a desarrollar a lo largo de su vida los más diversos trabajos porque piensa que tener ciertos conocimientos de filosofía les puede servir de brújula en los momentos de desorientación. Es una bella aspiración que no sé si tendrá algo que ver con la realidad, pero eso es otra historia. 

Michéa vino al mundo en una familia de comunistas por tradición. Yo he conocido gente de esa, con una especie de orgullo, como de sentirse moralmente superiores. Y siempre dispuestos al rollo ese de la lucha final. Pero el caso es que a Michéa algo no le debía cuadrar en la cabeza y optó por romper la tradición y en vez de a la fábrica se dirigió a la universidad a estudiar filosofía. Y no tardó en caer en la cuenta de que eso de derecha/izquierda en la vida política no era más que una simplificación de penosas consecuencias. Derecha/izquierda no es más que una manifestación del pensamiento dual que señorea el mundo. Todo se deduce por oposición. Lo que no es negro tiene que ser blanco por necesidad. 

Para tener una idea lo más exacta posible de las dimensiones del fraude, pensó Michéa que lo mejor era acudir a los orígenes de esa dualidad izquiera/derecha. Y encontró que fue cuando la famosa revolución francesa. Izquierda eran los burgueses que querían organizar la vida según los principios de la ilustración, o sea, Voltaire, Montesquieu, Diderot. Para resumir, hacer al individuo dueño de su destino. Derecha, por contra, era la aristocracia que preconizaba la vuelta al viejo orden, las tradiciones y todo eso que les hacía dueños y señores de orca y cuchillo. O sea que la izquierda para nada era eso que defiende a los débiles de los poderosos, sino el liberalismo a secas, es decir, quitarse de encima la intromisión del Estado en los asuntos privados de las gentes.

Porque el caso es que hoy día izquierda y derecha se reclaman  herederas de la ilustración. Las dos son liberales, sí, pero a su manera particular y, sobre todo, castrada. Como pasa siempre que los necios se apoderan de las palabras se apresuran a añadirles el adjetivo que mejor aproxima el ascua a su sardina. Así ha sido que los socialistos han inventado lo de liberalismo societal y, los otros, lo de liberalismo económico. En otras palabras, que los unos quieren imponer la libertad de costumbres, pero con la economía intervenida por el Estado y, los otros, libertad para la economía, pero las costumbres intervenidas. Por así decirlo, tanto lo uno como lo otro son imposibles metafísicos, porque costumbres y economía están tan imbricadas la una en las otras que no hay forma de diferenciarlas. Y digamos que la mejor síntesis de las dos es el mercado: donde hay mercado libre hay libertad de costumbres y, por contra, donde el mercado está intervenido, también lo están los usos y costumbres, cual es el caso aquí y ahora que es que hasta mirar el culo a las tías nos tienen prohibido... otra cosa es que les hagamos caso.  

En definitiva, que toda esa xarremeca que escuchamos en los diversos parlamentos de naciones y regiones no es más que pura impostura. No hay izquierda ni derecha posible. Solo hay liberalismo o dictadura. O, por decirlo de forma más actual, minarquismo o estatalismo. De hecho, hoy día, todos los partidos políticos, se llamen como se llamen, y blasonen de lo que blasonen, son simple y llanamente furibundos estatalistas: cuanto mayor sea el tamaño del Estado mayores son sus posibilidades de colocar fenomenalmente a todos sus afiliados. Mafias, si queremos llamarlas por su nombre.