Según cierto manual de la buena vida que circula por ahí, hay bienes que son naturales y necesarios. También los hay que son naturales, pero no necesarios. Y, por si fuera poco, también los hay que ni son naturales ni tampoco necesarios. Claro, aquí, para empezar tendríamos que saber de qué estamos hablando cuando hablamos de bienes. Porque, por poner un ejemplo, si es algo que ni es natural ni tampoco necesario, ¿por qué demonios habríamos entonces de hablar de bienes? Es complicado, desde luego, así que lo mejor es que nos inventemos una definición y nos atengamos a ella para seguir discurriendo.
Digamos que un bien es algo que deseamos y que una vez conseguido nos proporciona un cierto placer. Si lo deseamos mucho, al conseguirlo el placer será grande. Si poco, seguramente pequeño. Y también, es de suponer, si nos costó mucho conseguirlo el placer será más duradero y si poco, será efímero.
Hasta aquí, como diría Salvatore Vargas, todo cae de maduro. La cuestión, sin embargo, empieza a hacerse peliaguda cuando empezamos a considerar lo de natural o antinatural y necesario o innecesario. Pónganse a hacer listas sobre el particular y verán que pronto caen en la cuenta de que es imposible ser objetivo a tal respecto. Lo que para unos es antinatural para otros es natural hasta las cachas y, ya, no hablemos de lo que es necesario o innecesario porque, ahí, nadie es quien para decirte lo que tu necesitas o dejas de necesitar.
En resumidas cuentas, que todos esos libros sobre el arte de ser feliz, no importa que los haya escrito el mismísimo Schopenhauer, no son más que palabrería que no aguanta dos meneos de cualquier pensamiento de mediano fuste. En lo único, pienso yo, que podrían estar atinados es cuando apuntan a que solo el sufrimiento a causa de las continuas equivocaciones puede ayudar algo a no repetir la imbecilidad. Aunque, por otra parte, tampoco es cosa ahora de ponerse a echar por tierra lo de que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. Dos y cien, diría yo.
En fin, como dice la canción, la vida, la vida es. Así hay que aceptarlo y, si quieres redondear, procura que el vino que bebes sea caro.
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