La Sra. Ayuso se ha llevado de calle las elecciones a la Asamblea de la Comunidad de Madrid. La Sra. Ayuso tiene un aspecto agradable, habla sin estridencias y dice lo justo, es decir, que ella no se va a meter en la casa de nadie ni, tampoco, va a asaltar los bolsillos de los madrileños. Sin duda, todo ello junto, ha convencido a una mayoría de madrileños que, no nos engañemos al respecto, son los españoles más evolucionados en la, por así decirlo, escala filogenética.
Pues bien, meterse en tu casa y saquearte el bolsillo ha sido la política que se viene haciendo en España desde los años cincuenta del siglo pasado. Ese es el núcleo de la política que inauguró el denostado, por razones equivocadas, Franco. Socialismo puro y duro al que, después, sus sucesores, los socialistas de todos los partidos, no han hecho otra cosa que darle sucesivas vueltas de tuerca. Ahora, cada español tiene un cancerbero metido en la cama no vaya a ser que haga las cosas propias del lugar de una manera desencaminada y, por lo mismo, ya no es que tenga una mano ajena en el bolsillo, es que la ropa que lleva carece de ellos por haberse hecho innecesarios. Les contaré, y perdonen si me repito, como se vivió el invento en mi casa. Mi padre, que venía de una tradición liberal, tenía un libre contrato con su clientela. Le pagaban una iguala y él estaba al pie del cañón a perpetuidad, lo cual no quería decir que no pudiese ir muchas tardes a la capital a hablar con sus amigos de lo que fuera que fuese. A la vuelta, de noche ya, si había que subir a una cabecera, subía y a nadie reprochaba nada. Siempre con su libreta donde apuntaba las visitas que tenía que hacer. Todos los días unas cuantas y, después, la consulta, donde nunca faltaban media o una docena de personas. Y, si alguien se partía una pierna o un brazo, fuese cuando fuese, siempre estaba allí para arreglárselo, o para atender el parto intempestivo. Visto con la blandenguería actual, aquello podría parecer demasiado duro, pero es porque se olvida el reconocimiento que recibía, lo cual, como nadie es de piedra, era motor de su estabilidad y de paso de toda su familia. Y en esas estando, llego el general y lo desbarató todo. Dio a cada ciudadano una cartilla que le daba derecho a sentirse dios. De inmediato la consulta de mi padre pasó de la docena escasa de pacientes a los cuarenta o sesenta que más que pacientes eran pedigüeños. A ello se añadieron los imprescindibles representantes de los laboratorios farmacéuticos que se agrupaban en el jardín a la espera de que mi padre acabase con los pedigüeños para poder ofrecerle su ponzoña. Así fue que la cantidad de medicamentos recetados se multiplicó de la noche a la mañana por cien, claro está, con la correspondiente satisfacción de mi tío que era el farmacéutico del pueblo. Afortunadamente la mayoría de la gente siguió pagando la iguala porque seguramente sabían que con lo que la seguridad social pagaba al médico por persona, el medico no podía sobrevivir. Así todo, hubo quien se dio de baja y, como es lógico, pasó a recibir el trato propio de quien se pasa de listo. A la más mínima, carretera y manta. La ciudad apenas estaba a media hora de coche y allí, en las urgencias del hospital, siempre atendían aunque fuese a la industrial. En cualquier caso a los listillos del pueblo les cuesta distinguir su transición de persona a número. El caso es que no llevaba mi padre mucho tiempo soportando los cambios cuando empezó a perder pie. Y es que no era para menos. Claro, si hubiese sabido aprovecharse de las nuevas oportunidades que le ofrecía el invento, otro gallo hubiese cantado. Porque muy bien podríamos haber ido toda las familia a veranear por la cara al hotel Capsa Sal a cambio de haber escuchado los consejos del representante de farmacia adecuado. Muchos médicos lo hacía y les iba divinamente.
Así fue que mi padre empezó a sentir unos molestos síntomas de ahogo que a la postre le llevaron a una dependencia farmacológica que en poco se diferenciaba de la de un yonki. Sus estados de ánimo eran los propios de un desequilibrado. Pasaba de la euforia a la depresión al mismo ritmo con el que subía y bajaba sus dosis de medicación. Y ya se pueden imaginar las repercusiones que todo ello tuvo en su entorno.
En fin, ya ven cuales son las consecuencias de que el Estado se te meta en la cama y en el bolsillo. Destruye a las personas a menos que se corrompan. De hecho, es difícil imaginar una maquina tan corrupta como en lo que ha venido a dar la sanidad pública. Ha convertido a la mayoría de los médicos en auténticos ladrones aun sin que sean conscientes de su latrocinio. Y, de paso, desparramado su poder de coacción hasta los confines de la intimidad mas personal. Hoy día nadie escapa a los controles de esa maquinaria que te impide vivir y, sobre todo, morir, como te dé la real gana. Sin duda, no hay tiranía que se le pueda comparar. Desde luego que si Séneca viviese hoy día no volvería a decir que la gran ventaja que tenemos es el poder elegir la puerta de salida. Ya, ni eso nos dejan. Cuanto más te retengan más te exprimen.
In other words, be tue, que diría Frank Sinatra. A ver qué hace la Sra. Ayuso. No es que yo me vaya a caer de un guindo ahora, pero todo empieza por las palabras adecuadas y lo de la cama y el bolsillo, lo son sin la menor duda.
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