miércoles, 30 de junio de 2021

Roles tradicionales

Si no lo estuviese viendo con mis propios ojos no me lo podría creer. No sé si será el 90 o el 95 o, acaso, el 99% de la población el que sigue usando la mascarilla por la calle después de  que el mismísimo presidente del gobierno haya dicho que ya no es necesario. ¡Viva las caenas! 

Ya lo dijo el poeta, que nadie puede hacer libre por ley al que es esclavo por espíritu. Porque de eso es de lo que trata todo esto, de espíritus blandengues, tal y como los describió El Fari. ¡Qué podemos esperar de gente que va por la calle recogiendo mierda de perro! Bueno, supongo que eso es lo que vienen enseñando en las escuelas desde que se instauró el nani state. ¡Pero, por dios bendito!, ¿qué hombres van a salir de esos antros de adoctrinamiento si el 90%, o más, del profesorado son mujeres? ¿A quien le puede extrañar este amariconamiento generalizado? 

Afortunadamente uno sabe donde encontrar alimento espiritual para resarcirse de toda esta miseria que nos anega. Coges, agarras y te pones a escuchar la versión de La Senda del Perdedor que hace de Don Garfialo. Y luego, por si no has tenido bastante, te pones a ver La Sombra de las Cuerdas en donde se narra la horripilante epopeya vivida por le Niño Miguel. Eso es, Bukowski y Miguel Vega de la Cruz, dos vidas cumplidas. O sea, con sus correspondientes bajadas a los infiernos como tránsito indispensable para toda subida al Olimpo. 

En fin, sea como sea, le veo muy mala solución a todo esto como los hombres y las mujeres no vuelvan a asumir sus roles tradicionales. 

viernes, 25 de junio de 2021

Los adjetivos

Me dijo Isi que pensaba pernoctar en Salamanca. Entonces me acordé de aquel párrafo de Cervantes que han transcrito en la columna de la izquierda del arco de entrada en la Plaza Mayor por la parte del Corrillo. Lo comenté con él y me dijo que haría una foto y me la enviaría. Y aquí la tengo. Reza así:

"Advierte hija mía que estás en Salamanca que es llamada en todo el mundo madre de las ciencias, archivo de las habilidades, tesorera de los buenos ingenios y que de ordinario cursan en ella y habitan diez o doce mil estudiantes, gente moza, antojadiza, arrojada, libre, aficionada, gastadora, discreta, diabólica y de humor."

                                                             de La Tía Fingida


Y también me ha enviado el párrafo, también cervantino, que hay en la fachada trasera de la universidad, frente a la catedral: 

"Salamanca, que enhechiza la voluntad de volver a ella a todos los que de la apacibilidad de su vivienda han gustado."

                                                                   del Licenciado Vidriera


Contaba Pla que necesitaba fumar y beber mucho para dar con los adjetivos precisos, porque, para él, escribir no era otra cosa que dar con los adjetivos precisos. Bueno, supongo que hay que leer a Pla para saber lo que quiso decir con eso de los adjetivos. O lo que se predica del sujeto. Sin duda todo lo que bebió y fumó no fue en vano. Es difícil encontrar una forma de escribir más enlluernadora por precisa que la suya. Al menos eso es lo que a mí me parece.

Adjetivar, predicar, con precisión es tarea de genios. El resto de los mortales, o se pasan de frenada o no llegan. No hay más que escuchar cualquier discurso político o mirar los titulares de los vídeos de youtube. Toda esa gente desconoce entre otras muchas cosas lo que le dijo Dr. Johnson a su biografo Boswel: no uses grandes palabras para describir cosas pequeñas. 

Pero, en fin, vayamos a los nueve adjetivos que Cervantes aplica a los estudiantes de Salamanca: moza, antojadiza,  arrojada, libre, aficionada, gastadora, discreta, diabólica y de humor. No sé, pero por mucho que lo pienso no se me ocurre nada que pudiera añadir algo a esa descripción. Pero si hasta de diabólicos les tacha. ¿Cómo se podría ir más allá? No sé en cual de los libros que leí sobre la historia de esa ciudad se cuenta que en aquella Salamanca de los diez a doce mil estudiante cada fin de semana morían unos cuantos por disputas a espada. La bebida, el juego y las mujeres, es lo que tienen que calientan los cascos y después a ver quién es capaz de parar. Lo cual no quita para que en el peor de los casos no se pierda el humor. Ni siquiera cuando estas subiendo al patíbulo para pagar por tus culpas, que también eso lo hemos leído en algún sitio.

Total, que no puedo sino suscribir, también, lo de el enhechizamiento de volver a ella que padecemos los que hemos gustado de la marcha frenética de su vivienda. Un año en Salamanca cuenta por diez en cualquiera de los otros sitios en los que he vivido. Es lo que tiene lo charro, que no se para en mientes. 

martes, 22 de junio de 2021

La chambelona

Unas cosas llevan a otras y, éstas, a otras y, así, sin darte cuenta, en cuatro patadas, le pegas tres vueltas al mundo y a la vida y aquí no ha pasado nada.  

"La censura es la herramienta de los que tienen necesidad de esconder realidades de sí mismos a los demás", dice el genio. Yo, desde luego, lo suscribo. Y añadiría que esa herramienta, de puro herrumbrosa que suele estar, raramente funciona y, al final, la tienes que usar como porra si quieres que surta algún efecto. Por eso es que los tiranos empiezan retirando libros de las estanterías, pero siempre acaban mandando a sus sicarios a pegar porrazos por las calles. 

El caso es que al respecto de la censura de los periódicos y televisiones, como en lo del tango respecto de las mujeres, mejor no hay que hablar. Mejor decir: censura eres tú. Por eso cada vez más gente se aparta de ese camino y transita por lo que llaman redes sociales. La diferencia entre unos y otras es clara: mientras que en periódicos y televisiones la censura la llevan a cabo los departamentos de psicología social de los gobiernos, en las redes, por el momento, son los algoritmos. Y los algoritmos pues como que tienen sus grietas por donde colarse. Y eso es en lo que estamos, colándonos por las grietas. 

¿Y de que forma se consigue colarse? Pues muy sencillo, cambiando el nombre de las cosas que la censura ha dispuesto que no se puedan nombrar. Por ejemplo, vacuna, covid, Trump, etc.. Alguien dice en un vídeo dos o tres de estas palabras y de inmediato el algoritmo salta y anula el vídeo. Ergo, lo suyo, entonces, son los sobrentendidos. ¡Y anda que no sabemos nosotros de sobrentendidos! Así es como Trump se ha convertido en el Hombre de Hierro, el covid es el bicho y, la vacuna, la chambelona. 

La chambelona es como llaman en Cuba a un caramelo aplanado sujeto a un palo. Algo que se chupa y produce placer. O sea, que con tales mimbres, el calor tropical y tal, ya se pueden imaginar por donde no han tardado en ir los tiros. Por la música de cabaret, bien sure. Celia Cruz tiene una versión que no esta mal ni mucho menos, pero, en llegando a Sara Montiel, sencillamente sublime. ¡Ay, ayayayayay que me voy! Y todo lo demás. 

Indiscutiblemente aquellos eran otros tiempos. Cuando la música estaba al servicio de Eros y Tánatos que no cesaban de arrearse garrotazos entre ellos para hacernos sentir la vida. Y  sufríamos una barbaridad, desde luego, pero, también, en la misma medida, gozábamos. Ahora, según dicen, Eros agoniza. Y respecto de Tánatos ya se encarga el nani state de ponernos a buen recaudo de él. Todo, al parecer, ahora, se sacrifica en el altar del no sufrir. De la seguridad. Del terraplanismo. Del puto aburrimiento, en definitiva. 

En fin, que una cosa lleva a otra y al final ya no sé ni lo que digo.  

sábado, 19 de junio de 2021

¿Qué quieren que les diga?

Primero fue el Billroth I y después el Billroth II. Teníamos que saber al detalle las diferencias entre esas dos formas de rebanar el estómago si queríamos aprobar las que llamábamos quirúrgicas, es decir, las asignaturas que enseñaban a curar enfermedades utilizando el bisturí. El caso es que, luego, en el hospital en el que hice la especialidad había un doctor, cirujano él, que se las había ingeniado para patentar otro método de rebanar el estómago todavía más sofisticado que el de los billrorhs de marras. El procedimiento, por supuesto, era una perfecta barbaridad, como casi todos los procedimientos, pero ya saben lo que suele pasar con algunas barbaridades, que por arte de birli-birloque hacen millonario a quien las ejecuta. Y así fue que tras millones de estómagos rebanados, un buen día va alguien y descubre que con unas  cuantas pastillas de antibióticos las famosas úlceras de estómago se curan y aquí no ha pasado nada. No creo que haya otra historia mejor que ésta para sintetizar lo que ha sido la historia de la medicina. El número de atrocidades que han perpetrado los médicos férreamente convencidos de estar en posesión de la verdad no tiene fin. Y digo que no tiene fin porque estamos en las mismas.  

Sé de lo que hablo porque he sido testigo de excepción. Por lo que he visto, por lo que he leído. Hubo una temporada en la estuve enfrascado en la lectura de nuestros clásicos del siglo de oro y fueron tantas las referencias a la estulticia de los médicos que encontré en ellos que se me pasó por la cabeza hacer una recopilación de todas ellas. Y de hecho tenía ya un buen montón cuando decidí que no merecía la pena. Porque, vamos a ver: ¿qué tiene de interesante decir que los seres humanos se equivocan de continuo? Unas veces por ignorancia, otras por codicia, otras por mera maldad. Las causas pueden ser infinitas, los resultados siempre los mismos: contribuir al tan necesario sufrimiento del mundo. 

Y digo necesario por razones obvias: ¿se imaginan donde estaríamos si no hubiese sufrimiento? Pues muy sencillo, columpiándonos en las ramas de los árboles. Sí, mis queridos niños, la civilización no es más que la consecuencia de querer huir de ese constante e ineludible sufrimiento. Por eso da tanta risa observar tantos y tantos de los famosos logros de la civilización, porque no sirven absolutamente para nada a los efectos para los que se implementaron, es decir, para hacer la vida más agradable. Nada más lejos. Lo único, en todo caso, para lo que sirven es para promover la esperanza.


             "Ay qué pena me das, esperanza por Dios,
             tan graciosa, pero no eres buena."

O sea, eso, que no conseguimos saber si es un bien o un mal desde que prefirió quedarse en la caja de Pandora cuando Epimeteo la abrió. ¿Por qué no escapó a campear por el mundo con todos los demás males? Sin embargo, Zeus la había metido allí con la intención de que fuese uno más de los jodimientos que se tenían que diseminar por el mundo. Éste sí que es un misterio irresoluble y no el de la trinidad que en realidad no es nada más que palabrería. 

En resumidas cuentas, que todo consiste en que la esperanza derrote a la razón para que sigamos con el empeño que es el vivir. Aunque tampoco hay que desesperar si la razón, por lo que sea, gana. Zeus se injertó en un muslo el feto que arrancó del vientre de su amante Semele después de haberla fulminado con su luz. Y de aquel feto, una vez madurado, salió lo que un día, siendo todavía niño, descubrió Bukowski en el sótano de la casa de un amigo cuyos padres eran unos borrachos: el vino. Y entonces dijo: ¿cómo es que yo no conocía esto? Y a partir de ese momento empezó a reírse de la badana con la que su padre le zurraba hasta hacerle sangre. Así que ¡viva el vino y las mujeres!, que es como columpiarse en las ramas de los árboles que les decía. 

En resumidas cuentas, como dice la canción, be true. Porque vamos a ver: ¿existen los virus o resulta que solo son exosomas? Me temo que todo esto va a resultar ser como lo de los Billroths de marras. Porque cuando lo que se pretende que es ciencia no se quiere discutir, ¿qué quieren que les diga?  

jueves, 17 de junio de 2021

Kick-off

El caso es que el otro día un presentador estrella de la BBC tuvo que salir corriendo con el rabo entre las piernas a protegerse bajo las faldas de un escuadrón de policías. Y el pobre Jack Lang, exministro de cultura y genuino representante de la putrefacta ideología que ha campeado por todo el occidente a lo largo del último siglo, se libró por los pelos de las iras de dos mujeres que le reprochaban su gusto por los púberes. Es evidente que la gifle que le propinaron el otro día a Macrón fue como una especie de kick-off para que la gente que está hasta los mismísimos se dedique a dar caza a los parásitos que nos han traído hasta esta situación desesperada. 

Y, claro, los parásitos tienen un olfato especial para abandonar su campo de acción cuando alguien empieza a sulfatear en la distancia. No tienen el menor problema para mutar o decir digo donde dijeron Diego. Es el caso del mayor medio de comunicación alemán que hoy se nos ha descolgado con un video pidiendo perdón por su política informativa durante el último año y medio y dando la razón a los que durante todo ese tiempo ha estado tachando de negacionistas. O sea, que dejan a la Sra. Merkel, una especie de Madre Teresa de la política, con las bragas caídas y a merced de los cabreados. No, no creo que la Sra. Merkel vaya a seguir yendo al supermercado de la esquina a por salchichas no vaya a ser que alguien se sienta con ganas de tomarse la revancha. 

Por otra parte, un rockero de postín ha escrito una canción de título "Quítate el bozal" que les recomiendo. Nunca, eso que llaman rock duro, había tenido tanto sentido. Por su parte, otro rockero, éste más fino, un tal Erick Clapton, o algo así, se puso la vacuna y estuvo quince días con las manos inutilizadas. ¡Imagínense la gracia que le ha tenido que hacer eso a un guitarrista! Así que el hombre se ha informado y está que trina, como Severina la de Garabandal que también trinaba por haber agarrado una tuberculosis a causa de haber bajado la Virgen María a su pueblo en carne mortal. Al fin y al cabo, ¿qué diferencia hay entre lo de la vacuna y lo de Garabandal? Yo, francamente, no la veo por ningún lado. 

Por nuestra parte, María y yo, igual que los cuáqueros: not television, not pandemia. ¿O era plandemia? No sé, ya no me acuerdo. Aunque eso sí, como se me ponga un político, o periodista, a tiro, le voy a pegar una patada en el culo que va a tener que cagar el resto de su vida por la boca, ya saben, al estilo de Dirty Harry. 

 

martes, 15 de junio de 2021

Necesidad del desierto


"Nunca me he sentido solo. He estado en una habitación, me he sentido suicidado, he estado deprimido, me he sentido horrible más allá de lo imaginable, pero nunca he sentido que otra persona pudiera entrar en esa habitación y curar lo que me afectaba, o que lo pudieran hacer varias. En otras palabras: la soledad es algo que nunca me ha molestado, porque siempre he tenido ese deseo terrible de soledad. Es cuando estoy en una fiesta o en un estadio lleno de gente que vitorea algo, que puedo sentirme solo.
Citaré a Ibsen: los hombres más fuertes son los más solitarios.
Nunca he pensado “Bueno, alguna rubia guapa va a venir y me va a coger, me va a acariciar las pelotas y me sentiré bien”. No. Eso no ayudará. Mira cómo piensa la gente común: “¡Ey! Es viernes por la noche, ¿qué vamos a hacer? ¿Quedarnos aquí sentados?” Bueno, pues sí. Porque no hay nada allá afuera. Es estupidez. Gente estúpida mezclándose con gente estúpida. ¡Que se estupidicen ellos! Nunca sentí el ansia de lanzarme a la noche. Me escondía en los bares porque no me podía esconder en las fábricas.
Eso es todo. Pido perdón a todos esos millones, pero nunca me he sentido solo. Me gusto. Soy la mejor forma de entretenimiento que tengo. Bebamos más vino."


"En medio de la multitud vivo como la mayoría y no pienso como pienso; al cabo de cierto tiempo acabo por experimentar el sentimiento de que se me quiere desterrar de mí mismo y quitarme mi alma, y empiezo a malquerer a todo el mundo y a temer a todo el mundo. Entonces tengo necesidad del desierto para volver a ser bueno."


Bueno, tal y como lo estoy sintiendo, estos son los tiempos más mierdosos de todos los que me ha tocado vivir. La moral del rebaño campea a sus anchas en mis entornos más próximos. Constato que se han desmoronado aquellas defensas laboriosamente levantadas a golpe de comprensión y confidencialidad. Quizá, me digo, es que fueron materiales de baja calidad. Me dieron el pego. ¿O es que estaba tan borracho de necesidad que cualquier cosa me colocaba? Pero se acabó. Me voy a dar una de desierto hasta que cambien los vientos de la historia. El desierto donde residen los hombres que saben ser su mejor forma de entretenimiento. Los únicos hombres que se pueden considerar hombres hechos y derechos.

sábado, 12 de junio de 2021

La gifle

 

Los franceses llaman gifle a lo que nosotros llamamos torta. O sea, justo aquello que María Antonieta le dijo a su secretario que le diesen al pueblo que pedía pan bajo las ventanas de su palacio. "Si piden pan que les den tortas", fue el bonito juego de palabras que según la leyenda urbana pronunció. La verdad es que no creo que en francés funcione ese juego, porque dudo mucho que gifle sirva lo mismo para designar un pan redondo que un sonoro golpe con la mano abierta sobre la cara de alguien. Es decir, exactamente lo que un airado ciudadano ha propinado el otro día al Sr. Macrón, actual presidente de la república francesa. Iba el hombre tan ufano, sintiéndose seguro entre la nube de sus guardaespaldas, cuando, ¡zas!, por un resquicio desprotegido se coló una mano oportunista que quería borrar una sonrisa estúpida de la cara aniñada de un caradura. "Cada uno tiene lo que se merece", se ha apresurado a afirmar Eric Zemmour, una de las cabezas más rutilantes del país de las cabezas rutilantes por antonomasia.  

El caso es que desde aquella que le pegara Glenn Ford a Rita Hayworth en la película Gilda no ha habido gifle en el mundo que haya hecho correr mayores ríos de tinta. Porque es que, además, se da el caso de que un presidente de la república francesa no es un cualquiera, como por ejemplo pudiera ser un jefe de gobierno español, que le pegan con la mano, no abierta sino cerrada, y casi pide disculpas al agresor. No, un presidente francés viene a ser lo que aquí es un rey, es decir, la encarnación de un designio divino. Dado lo cual, cualquiera puede comprender que la gifle a Macrón es una gifle a la patria. Una humillación en definitiva, para cualquier patriota, bla, bla, bla. 

Pues no, mi impresión es que nada más lejos. En vez de humillación diría yo que ha sido un gigantesco suspiro de alivio -sigh of relief que dicen los ingleses- para todos aquellos que están hasta los mismísimos de las gracietas de una clase dirigente que ha perdido el sentido del ridículo. No diría yo que el alivio haya sido de la magnitud del que sintieron aquellos que hace dos siglos acudían al espectáculo de las decapitaciones, pero por algo hay que empezar. De hecho todo parece indicar que si hay en estos días que corren un héroe en Francia ese es el propinador de la gifle. La moraleja, por tanto, no puede ser otra que, pega una gifle a un político y te harás famoso en el buen sentido del término. O sea, que pudiera haberse abierto la veda. 

Por cierto, que cómo se deja uno engañar, todavía, a estas alturas de la vida. Porque cuando eligieron al Sr. Macron e hizo aquella puesta en escena por la esplanada del Louvre con el himno de la Comunidad Europea de fondo, pensé que algo podía estar cambiando para bien. Bien es verdad que el que exhibiese con tanto impudor su condición edípica, no sé, como que dibujaba en el aire ciertos presagios ominosos. ¡El poder, por dios, siempre es lo mismo! Y más pronto que tarde vemos como le asoman los cuernos, el rabo y sus orejas puntiagudas. Supongo que no puede ser de otra manera y da igual que le decapiten como que el que le den una gifle: a Satán se la suda. 

viernes, 11 de junio de 2021

Ni un milímetro más

Ayer, o anteayer, que no sé, Plácido Domingo salió al escenario en un teatro de Madrid y sin haber ni siquiera empezado a actuar recibió una estruendosa ovación del público de tres minutos de duración. La cosa tiene su miga, porque se da el caso de que la corrección política impuesta por la socialdemocracia imperante había arrinconado a Plácido Domingo porque, al parecer, el hombre se había tirado a unas cuantas tías que se le habían puesto a huevo. Ya te digo, envidia cochina. Porque es que anda que hay que haber andado jodido por la vida para no haber sido capaz de catar una de esas situaciones mágicas. Y entonces, claro, el rencor de los petits que, evidentemente, más que muchos, son muchísimos. Que no por otra cosa es que ganen elecciones los socialdemócratas. 

Pero todo tiene un límite. Y ese límite es Madrid. El Madrid cultivado que admira al que se puede transformar en cisne, o en lluvia dorada, o en toro, o en lo que le dé la gana para seducir a las más bellas. Madrid, el gran Madrid, es pagano a carta cabal. Solo hay que mirar a lo alto de los edificios más emblemáticos de la ciudad para encontrar allí a todo el elenco del Olimpo en sus más diversas manifestaciones. No, no encontrareis allí representaciones del que se encaramó en una peña para ensalzar a los pobres de espíritu. Te tienes que ir muy a las afueras para encontrar algo de eso. Te tienes que ir a Bilbao o a Barcelona o a la misma Palencia, para darte de bruces con el de la peña y, por ende, con la moral del rebaño y su rastro de rencor. 

Todo tiene un límite. Porque, sí, a los petits hay que hacerles ciertas concesiones para que sigan barriendo las calles sin caer en la cuenta de su mísera condición. Hay que permitirles algunas expansiones de su mal gusto para que se sientan importantes por un día. Pero, ojo al parche, no se nos vayan a ir de la mano. Lo que estaba pasando, por ejemplo, que les habíamos dejado imponer su nauseabunda moral y habían corrido a arrinconar a Plácido Domingo. Intolerable de todo punto. Hay que poner las cosas en su sitio. Y el sitio de Plácido es el Olimpo. Que se tire a todas las tías que quiera o pueda, pero por dios bendito, que ningún chusma se atreva a levantarle la voz porque le aplastaremos como si fuera una chinche. Porque ya está bien de ceder. En adelante ni un milímetro más. 

 

miércoles, 9 de junio de 2021

Tótems

El Dr. Fleishman es un médico extraordinario. Formado en la universidad de Columbia no solo sabe de medicina, también ha leído libros importantes y, por lo que dice, parece que los ha entendido. Todo lo cual no quita para que sea un inmaduro. O un neurótico si mejor quieren. Es incapaz de distanciarse de sí mismo y tiene una necesidad compulsiva de tener bajo control todo lo que le rodea. Y, si bien su cosmopolitismo neoyorkino parece hacerle estar de vuelta de todo, la realidad es que vive muy apegado a sus tradiciones judías. En definitiva, es un hombre enfermizamente contradictorio. O, dicho de otra manera, con una gran inteligencia práctica y una pésima inteligencia emocional... cualquier contratiempo le desquicia. 

Ya saben como funciona esto de las series. Cuando un actor, por lo que sea, se cansa de su papel, los guionistas se las apañan para buscarle una salida de forma que la serie pueda continuar haciendo dinero. Aunque, si el actor que se cansa tiene un papel central es difícil que los guionistas puedan salvar el invento. De hecho, la serie de la que les estoy hablando perdió su interés con la retirada de Fleishman y en menos de un año la dieron por concluida. 

El caso es que Fleishman parece haber llegado a un acuerdo amoroso con la mujer con la que ha mantenido una insoportable tensión sexual a lo largo de toda la serie. Ya saben, la típica triquiñuela barata para mantener vivo el interés por la serie. Así es que deciden vivir juntos, pero a los tres días la chica no puede más y le echa de casa. Desde luego que cualquier chica normal hubiera hecho lo mismo. Es entonces, en pleno bajón por el rechazo, porque la chica le gustaba, cuando le reclaman para ir a ver un enfermo en una tribu que vive en medio de la nada. Solo se llega allí tras dos días de navegación por el río. Total, que, una vez allí y solucionado ya el problema médico, habla con el jefe de la tribu. Allí no hay ni electricidad, ni agua corriente y las casas son poco más que cuatro tablas mal puestas. Allí se vive en régimen prácticamente autártico. Comen de lo que pescan, cazan y recolectan. Se calientan con la madera de los bosques y el tiempo que les queda libre lo emplean en esculpir sus tótems. A Fleishman, por lo que fuere, le parece que aquel es el lugar adecuado para restaurar su atribulado espíritu y le pregunta al jefe si se puede quedar a vivir allí. Ningún problema, le responde. Y así es como Fleishman desaparece de la serie. Volviendo al neolítico como quien dice. La solución ideal para un neurótico compulsivo. Todo el día ocupado en solucionar las cuestiones más vitales: comer y calentarse. Bueno, Cándido, Conegunda, Panglós y compañía, también encontraron el sosiego por un procedimiento parecido, así que lo de Fleishman, nada nuevo. 

En fin, no sé por qué les cuento estas cosas. Quizá sea por nostalgia neolítica, de cuando esculpía mis tótems a mano.  

domingo, 6 de junio de 2021

Nihilismo chez Nietzsche

Mientras caminaba en busca de una terraza para tomar un café iba escuchando por enésima vez el vídeo que Le Precepteur tiene dedicado al nihilismo chez Nietzsche. Nada que ver con lo que la corrección política al uso, o el diccionario de la RAE, considera como nihilismo. Sería, acaso, todo lo contrario. Pero para no extenderme en consideraciones al respecto voy a tratar de sintetizarlo con una somera pincelada de actualidad:  el nihilismo para Nietzsche no sería otra cosa que esa insistencia con la que los gobernantes actuales tratan de convencernos de que no miremos el culo de las tías. O las tías los de los tíos, que en esto no se hace distinción. O los tíos los de los tíos y las tías los de las tías si es que sus preferencias van, por lo que sea, que no voy a entrar, en esa dirección. 

Total, que he terminado mi refrigerio, he esperado un rato escuchando unos boleros mejicanos que sonaban por el altavoz y me he largado a pasear por el paseo del puerto pesquero. Es un paseo para la gente del barrio. Nunca verás por allí turistas o gente de otros barrios de la ciudad. Para ser exactos, lo que se suele ver por allí casi en exclusiva es gente paseando perros. Y eso es lo que había hoy con profusión. Pero no solo. Como por allí pasa un carril bici, aquello parecía hoy Amsterdam o Copenhague. No paraban  de pasar bicicletas. Un verdadero fenómeno que no sabremos si es producto de una moda pasajera o debido a un cambio de paradigma hasta que pase un tiempo. Pero, no solo había por allí bicis y perros, también familias celebrando primeras comuniones. Había una de peruanos que era una pasada. Me he entretenido viéndoles posar para las sucesivas fotos con fondo de barcos pesqueros. Supongo que se las mandarán a sus familiares del otro lado del charco y cuando las vean dirán: ¡Ah! Pues no parece que les vaya tan mal por la madre patria. 

Bueno, todo eso de los ritos de paso. Ahí sigue la costumbre. Con sus trajes de almirante ellos y de princesita ellas. Con el convite, los regalos y demás. Se supone que es un antes y un después. Y también un afianzamiento por aquello del protagonismo por un día. Mucho suponer en cualquier caso. Pero, eso, como digo, ahí sigue la costumbre. No sé lo que tendría que decir Nietzsche al respecto. ¿Lo consideraría otra manifestación más de las pulsiones nihilistas de los débiles? Es posible. Los débiles necesitan millones de normas, reglas o costumbres, o como quieran llamarlo, para defenderse de los fuertes. En fin, cosas que uno había venido sospechando largo tiempo ha, eso sí, sin tener una idea clara de qué lado colocarse: ¿fuerte?, ¿débil? En cualquier caso, no soy muy apegado a todos esos ritos y costumbres. Me desazonan. 

viernes, 4 de junio de 2021

La hierba del estío

Chris es uno de los personajes de la serie Northen Exposure. Es el responsable de la radio local. Entre disco y disco no para de meter cuñas filosóficas de fuste. Su biografía es curiosa. En plena adolescencia ya estaba en el trullo por atraco a mano armada. Y allí fue en donde un día por una de esas casualidades que procura el aburrimiento dio con un ejemplar de Hojas de Hierba. Su lectura es para él como una caída del caballo camino de Damasco. Una iluminación. Un cambio radical de su forma de pensar y por tanto de vida. Ya ven lo que puede hacer un simple libro. Bueno, ya les he hablado alguna vez  sobre la epifanía que tuvo Matos cuando leyó Siddhartha de Hermann Hesse. Doy fe de que he conocido pocas personas de tan agradable trato como él. Desde luego que cada vez que recalo en la Plaza Mayor de Salamanca ya no me parece tan atractiva porque él ya no está allí, en su mesa del Novelty o en la del Cervantes en función de las variaciones climáticas.

Cuando lo de aquellos maravillosos años no paraba de comprar libros. Te hablaban de uno cualquiera y salías disparado a la librería más próxima para agenciártelo. Para ponerlo en las estanterías del salón. Era imposible de todo punto que los pudiese leer todos. En realidad los únicos que leía enteros eran las novelas. Los ensayos, rara vez pasaba de las primeras páginas. Y los de poesía, de la primera como mucho. Pero allí estaban para admiración de propios y extraños. Por supuesto que Hojas de Hierba no faltaba. Era un buen adorno que no pasaba desapercibido. Pero yo no pasé de la primera página. 

Siempre me ha mosqueado mucho mi falta de sensibilidad para la poesía. Por supuesto que Fray Luis o Juan de la Cruz me hicieron vibrar a edades muy tempranas. Y otros cuantos más. Pero otros, de los que se cuentan maravillas, me dejan frío. Esos premios Nobel españoles que tan alabados son, por ejemplo. En fin, da igual, porque el caso es que en estos tiempos aciagos que estamos atravesando he dado, no sé el porqué, en escuchar poesía. Y claro, si la escuchas no solo cuenta la poesía en sí sino que tan importante a veces como ella es quien la recita. Y con algunos, como Don Garfialo, sintonizo plenamente. Y así es que por su voz estoy descubriendo Hojas de Hierba. Y sí, me ayuda a sobrellevar estos pesares presentes. Cantar a la vida en medio de esta orgía de nihilismo  es un gran atrevimiento que sirve de mucho consuelo. Aunque, a mi inmodesto juicio, cuando Don Garfialo realmente lo peta es cuando recita a Bukowski. Ahí sí que la vida chorrea por todos los poros. Pero vayamos a Walt y sus hojas:



Me celebro y me canto a mí mismo.
Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti,
porque lo que yo tengo lo tienes tú
y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también.
Vago… e invito a vagar a mi alma.
Vago y me tumbo a mi antojo sobre la tierra
par ver cómo crece la hierba del estío.
 

                                                                    W. W.

miércoles, 2 de junio de 2021

Por fin soy algo

Estoy encantado porque por fin soy algo con enjundia en esta vida. Soy un negacionista. O sea, algo que me remite a la Shoah, ya saben, pura basura a la que hay que barrer del mapa para que todo sea como debe ser. Me estremezco de satisfacción imaginándome todo el placer que iba a proporcionar a tantas y tantas buenas personas si me diese un patatús. ¡Ah, ese!, dirían entonces, y se confirmarían en sus correctas convicciones.

Sin duda fue muy avispado el tipo, o la tipa, que se le ocurrió emplear esa ominosa etiqueta para los que no se sienten amenazados por el famoso virus de marras. Imagínense, de una tacada ya les tenemos convertidos en nazis. Niegan toda esta historia del coronavirus, luego niegan lo de Hitler con los judíos. Son las artimañas del lenguaje para manipular las conciencias de los famosos bienaventurados por pobres de espíritu. Pero si hasta Schwarzenegger lo ha dicho uno de estos días, que al 99% de la gente hay que decirle lo que tiene que pensar y lo que tiene que hacer. Claro, el 99% que corren a escuchar al que habla encaramado en una peña. Y no por nada sino porque piensan que después de soltar el rollo les va a invitar a panes y peces. ¡Peces sin tener que mojarse el culo! ¿Hay quién de más? 

Y yo que pensaba que ya no era nada. Un ser transparente. Pero, ahora, voy por la calle a cara descubierta y hasta las chavalas me miran con atención. ¡Eh ahí un hombre!, deben pensar. Bien es verdad que recibo reconvenciones de parte de no pocos circunspectos ciudadanos. Aunque la mayoría se limitan a ajustarse bien el barbijo cuando voy a cruzarme con ellos. Supongo que pensarán que así no se les va a colar ningún jodido virus. Ya saben cuan tortuosos son los vericuetos mentales de quien se siente amenazado por un ente de dudosa verificación. Bueno, ahí arriba, a la puerta del aparcamiento que hay bajo el parque japonés, suele haber colas kilométricas de coches esperando para hacerse esa prueba que llaman PCR que, según los que las hacen, van a misa y que, según los que nada ganan con ellas, son una mierda. En cualquier caso, no entiendo por qué hacen esas pruebas en un aparcamiento subterráneo. No sé, es como muy clandestino todo esto... lo cual, claro, contribuye a darle esa patina romántica que necesitan las malas historias para salir adelante. 

En fin, que no entiendo por qué todavía no se han puesto a la venta pegatinas, colgantes o insignias de solapa, con las que nos podamos identificar los negacionistas. Y más teniendo en cuenta las ventajas que empezamos a tener en establecimientos de todo tipo cuyos dueños están muy cabreados con los que podríamos etiquetar de oficialistas. Ya digo, para una vez en la vida que uno es algo lo bueno sería que todo el mundo lo supiese.

martes, 1 de junio de 2021

Dura lo que dura dura

Estamos en lo de siempre, los unos imponiéndose por la fuerza sobre los otros. Los que piensan de una manera y detentan la fuerza bruta amedrentan a los que piensan de otra y solo tienen la palabra para defenderse. Díganme ahora si no les acabo de sintetizar al máximo la historia de la humanidad. 

Siempre ha sido y seguirá siendo así, la fuerza bruta contra la palabra es sinónimo de victoria a corto plazo y derrota a la larga. Y por el camino, sufrimientos sin cuento, o sea, la esencia de la vida. 

Siempre hay una verdad en curso que la fuerza bruta no consiente que se cuestione. El gran Delibes nos dejó como testamento El Hereje, una versión novelada de esa odiosa realidad. Nos quiso decir que eso nunca va a cambiar. Si para algo robó Prometeo el fuego, eso fue para quemar a los disidentes de la verdad oficial. Pero en lo que sobre todo se regodea la narración de Delibes es en la obscena exaltación anímica de la chusma ante la perspectiva de ver desaparecer a los que presiente como superiores. 

La chusma siempre ha tenido y tendrá al poder de su parte. Y lo sabe. Sabe que cuando el poder  cambie de manos seguirá ofreciéndole víctimas propiciatorias que aplaquen su insufrible resentimiento. ¡Es tan fácil y funcional! ¿A quién no le serena el espíritu, siquiera por un rato, el oler la carne quemada de aquel a quién se envidia?

Y en esas estamos, digamos que en una de las agudizaciones recurrentes de la enfermedad crónica que padece el mundo desde sus inicios. El poder en curso empieza a sentir que la  tierra bajo sus pies no es muy firme que digamos y, entonces, como si de un acto reflejo se tratase, empieza a echar cristianos a los leones. No es que le vaya a servir de mucho, pero ya saben lo de aquel chiste, que un polvo dura lo que dura dura.