martes, 1 de junio de 2021

Dura lo que dura dura

Estamos en lo de siempre, los unos imponiéndose por la fuerza sobre los otros. Los que piensan de una manera y detentan la fuerza bruta amedrentan a los que piensan de otra y solo tienen la palabra para defenderse. Díganme ahora si no les acabo de sintetizar al máximo la historia de la humanidad. 

Siempre ha sido y seguirá siendo así, la fuerza bruta contra la palabra es sinónimo de victoria a corto plazo y derrota a la larga. Y por el camino, sufrimientos sin cuento, o sea, la esencia de la vida. 

Siempre hay una verdad en curso que la fuerza bruta no consiente que se cuestione. El gran Delibes nos dejó como testamento El Hereje, una versión novelada de esa odiosa realidad. Nos quiso decir que eso nunca va a cambiar. Si para algo robó Prometeo el fuego, eso fue para quemar a los disidentes de la verdad oficial. Pero en lo que sobre todo se regodea la narración de Delibes es en la obscena exaltación anímica de la chusma ante la perspectiva de ver desaparecer a los que presiente como superiores. 

La chusma siempre ha tenido y tendrá al poder de su parte. Y lo sabe. Sabe que cuando el poder  cambie de manos seguirá ofreciéndole víctimas propiciatorias que aplaquen su insufrible resentimiento. ¡Es tan fácil y funcional! ¿A quién no le serena el espíritu, siquiera por un rato, el oler la carne quemada de aquel a quién se envidia?

Y en esas estamos, digamos que en una de las agudizaciones recurrentes de la enfermedad crónica que padece el mundo desde sus inicios. El poder en curso empieza a sentir que la  tierra bajo sus pies no es muy firme que digamos y, entonces, como si de un acto reflejo se tratase, empieza a echar cristianos a los leones. No es que le vaya a servir de mucho, pero ya saben lo de aquel chiste, que un polvo dura lo que dura dura. 

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