Unas cosas llevan a otras y, éstas, a otras y, así, sin darte cuenta, en cuatro patadas, le pegas tres vueltas al mundo y a la vida y aquí no ha pasado nada.
"La censura es la herramienta de los que tienen necesidad de esconder realidades de sí mismos a los demás", dice el genio. Yo, desde luego, lo suscribo. Y añadiría que esa herramienta, de puro herrumbrosa que suele estar, raramente funciona y, al final, la tienes que usar como porra si quieres que surta algún efecto. Por eso es que los tiranos empiezan retirando libros de las estanterías, pero siempre acaban mandando a sus sicarios a pegar porrazos por las calles.
El caso es que al respecto de la censura de los periódicos y televisiones, como en lo del tango respecto de las mujeres, mejor no hay que hablar. Mejor decir: censura eres tú. Por eso cada vez más gente se aparta de ese camino y transita por lo que llaman redes sociales. La diferencia entre unos y otras es clara: mientras que en periódicos y televisiones la censura la llevan a cabo los departamentos de psicología social de los gobiernos, en las redes, por el momento, son los algoritmos. Y los algoritmos pues como que tienen sus grietas por donde colarse. Y eso es en lo que estamos, colándonos por las grietas.
¿Y de que forma se consigue colarse? Pues muy sencillo, cambiando el nombre de las cosas que la censura ha dispuesto que no se puedan nombrar. Por ejemplo, vacuna, covid, Trump, etc.. Alguien dice en un vídeo dos o tres de estas palabras y de inmediato el algoritmo salta y anula el vídeo. Ergo, lo suyo, entonces, son los sobrentendidos. ¡Y anda que no sabemos nosotros de sobrentendidos! Así es como Trump se ha convertido en el Hombre de Hierro, el covid es el bicho y, la vacuna, la chambelona.
La chambelona es como llaman en Cuba a un caramelo aplanado sujeto a un palo. Algo que se chupa y produce placer. O sea, que con tales mimbres, el calor tropical y tal, ya se pueden imaginar por donde no han tardado en ir los tiros. Por la música de cabaret, bien sure. Celia Cruz tiene una versión que no esta mal ni mucho menos, pero, en llegando a Sara Montiel, sencillamente sublime. ¡Ay, ayayayayay que me voy! Y todo lo demás.
Indiscutiblemente aquellos eran otros tiempos. Cuando la música estaba al servicio de Eros y Tánatos que no cesaban de arrearse garrotazos entre ellos para hacernos sentir la vida. Y sufríamos una barbaridad, desde luego, pero, también, en la misma medida, gozábamos. Ahora, según dicen, Eros agoniza. Y respecto de Tánatos ya se encarga el nani state de ponernos a buen recaudo de él. Todo, al parecer, ahora, se sacrifica en el altar del no sufrir. De la seguridad. Del terraplanismo. Del puto aburrimiento, en definitiva.
En fin, que una cosa lleva a otra y al final ya no sé ni lo que digo.
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