Primero fue el Billroth I y después el Billroth II. Teníamos que saber al detalle las diferencias entre esas dos formas de rebanar el estómago si queríamos aprobar las que llamábamos quirúrgicas, es decir, las asignaturas que enseñaban a curar enfermedades utilizando el bisturí. El caso es que, luego, en el hospital en el que hice la especialidad había un doctor, cirujano él, que se las había ingeniado para patentar otro método de rebanar el estómago todavía más sofisticado que el de los billrorhs de marras. El procedimiento, por supuesto, era una perfecta barbaridad, como casi todos los procedimientos, pero ya saben lo que suele pasar con algunas barbaridades, que por arte de birli-birloque hacen millonario a quien las ejecuta. Y así fue que tras millones de estómagos rebanados, un buen día va alguien y descubre que con unas cuantas pastillas de antibióticos las famosas úlceras de estómago se curan y aquí no ha pasado nada. No creo que haya otra historia mejor que ésta para sintetizar lo que ha sido la historia de la medicina. El número de atrocidades que han perpetrado los médicos férreamente convencidos de estar en posesión de la verdad no tiene fin. Y digo que no tiene fin porque estamos en las mismas.
Sé de lo que hablo porque he sido testigo de excepción. Por lo que he visto, por lo que he leído. Hubo una temporada en la estuve enfrascado en la lectura de nuestros clásicos del siglo de oro y fueron tantas las referencias a la estulticia de los médicos que encontré en ellos que se me pasó por la cabeza hacer una recopilación de todas ellas. Y de hecho tenía ya un buen montón cuando decidí que no merecía la pena. Porque, vamos a ver: ¿qué tiene de interesante decir que los seres humanos se equivocan de continuo? Unas veces por ignorancia, otras por codicia, otras por mera maldad. Las causas pueden ser infinitas, los resultados siempre los mismos: contribuir al tan necesario sufrimiento del mundo.
Y digo necesario por razones obvias: ¿se imaginan donde estaríamos si no hubiese sufrimiento? Pues muy sencillo, columpiándonos en las ramas de los árboles. Sí, mis queridos niños, la civilización no es más que la consecuencia de querer huir de ese constante e ineludible sufrimiento. Por eso da tanta risa observar tantos y tantos de los famosos logros de la civilización, porque no sirven absolutamente para nada a los efectos para los que se implementaron, es decir, para hacer la vida más agradable. Nada más lejos. Lo único, en todo caso, para lo que sirven es para promover la esperanza.
O sea, eso, que no conseguimos saber si es un bien o un mal desde que prefirió quedarse en la caja de Pandora cuando Epimeteo la abrió. ¿Por qué no escapó a campear por el mundo con todos los demás males? Sin embargo, Zeus la había metido allí con la intención de que fuese uno más de los jodimientos que se tenían que diseminar por el mundo. Éste sí que es un misterio irresoluble y no el de la trinidad que en realidad no es nada más que palabrería.
En resumidas cuentas, que todo consiste en que la esperanza derrote a la razón para que sigamos con el empeño que es el vivir. Aunque tampoco hay que desesperar si la razón, por lo que sea, gana. Zeus se injertó en un muslo el feto que arrancó del vientre de su amante Semele después de haberla fulminado con su luz. Y de aquel feto, una vez madurado, salió lo que un día, siendo todavía niño, descubrió Bukowski en el sótano de la casa de un amigo cuyos padres eran unos borrachos: el vino. Y entonces dijo: ¿cómo es que yo no conocía esto? Y a partir de ese momento empezó a reírse de la badana con la que su padre le zurraba hasta hacerle sangre. Así que ¡viva el vino y las mujeres!, que es como columpiarse en las ramas de los árboles que les decía.
En resumidas cuentas, como dice la canción, be true. Porque vamos a ver: ¿existen los virus o resulta que solo son exosomas? Me temo que todo esto va a resultar ser como lo de los Billroths de marras. Porque cuando lo que se pretende que es ciencia no se quiere discutir, ¿qué quieren que les diga?
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