Los franceses llaman gifle a lo que nosotros llamamos torta. O sea, justo aquello que María Antonieta le dijo a su secretario que le diesen al pueblo que pedía pan bajo las ventanas de su palacio. "Si piden pan que les den tortas", fue el bonito juego de palabras que según la leyenda urbana pronunció. La verdad es que no creo que en francés funcione ese juego, porque dudo mucho que gifle sirva lo mismo para designar un pan redondo que un sonoro golpe con la mano abierta sobre la cara de alguien. Es decir, exactamente lo que un airado ciudadano ha propinado el otro día al Sr. Macrón, actual presidente de la república francesa. Iba el hombre tan ufano, sintiéndose seguro entre la nube de sus guardaespaldas, cuando, ¡zas!, por un resquicio desprotegido se coló una mano oportunista que quería borrar una sonrisa estúpida de la cara aniñada de un caradura. "Cada uno tiene lo que se merece", se ha apresurado a afirmar Eric Zemmour, una de las cabezas más rutilantes del país de las cabezas rutilantes por antonomasia.
El caso es que desde aquella que le pegara Glenn Ford a Rita Hayworth en la película Gilda no ha habido gifle en el mundo que haya hecho correr mayores ríos de tinta. Porque es que, además, se da el caso de que un presidente de la república francesa no es un cualquiera, como por ejemplo pudiera ser un jefe de gobierno español, que le pegan con la mano, no abierta sino cerrada, y casi pide disculpas al agresor. No, un presidente francés viene a ser lo que aquí es un rey, es decir, la encarnación de un designio divino. Dado lo cual, cualquiera puede comprender que la gifle a Macrón es una gifle a la patria. Una humillación en definitiva, para cualquier patriota, bla, bla, bla.
Pues no, mi impresión es que nada más lejos. En vez de humillación diría yo que ha sido un gigantesco suspiro de alivio -sigh of relief que dicen los ingleses- para todos aquellos que están hasta los mismísimos de las gracietas de una clase dirigente que ha perdido el sentido del ridículo. No diría yo que el alivio haya sido de la magnitud del que sintieron aquellos que hace dos siglos acudían al espectáculo de las decapitaciones, pero por algo hay que empezar. De hecho todo parece indicar que si hay en estos días que corren un héroe en Francia ese es el propinador de la gifle. La moraleja, por tanto, no puede ser otra que, pega una gifle a un político y te harás famoso en el buen sentido del término. O sea, que pudiera haberse abierto la veda.
Por cierto, que cómo se deja uno engañar, todavía, a estas alturas de la vida. Porque cuando eligieron al Sr. Macron e hizo aquella puesta en escena por la esplanada del Louvre con el himno de la Comunidad Europea de fondo, pensé que algo podía estar cambiando para bien. Bien es verdad que el que exhibiese con tanto impudor su condición edípica, no sé, como que dibujaba en el aire ciertos presagios ominosos. ¡El poder, por dios, siempre es lo mismo! Y más pronto que tarde vemos como le asoman los cuernos, el rabo y sus orejas puntiagudas. Supongo que no puede ser de otra manera y da igual que le decapiten como que el que le den una gifle: a Satán se la suda.
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