Anoche estuvimos un rato viendo Short Cuts, una película de Robert Altman basada en relatos de Carver. Por la mañana había continuado con la lectura de El Buscón Don Pablos de Quevedo. Pues bien, tal para cual. La depravación humana a modo de maldición bíblica. No hay escapatoria. Ya se había dado cuenta Dios de que el diluvio no había servido para nada: "No volveré a maldecir la tierra a causa del hombre. Sí, el corazón del hombre se pervierte desde la juventud; pero no volveré a matar a los vivientes como acabo de hacerlo."
Así que ya me dirán ustedes lo que vamos a poder hacer los mortales con nuestras ingenierías sociales si hasta Dios ya desistió hace tiempo.
De todas formas a lo que quería ir es a comentarles el truco que hay en toda esa literatura y cinematografía que se dedica a poner la lupa sobre la depravación de los humanos. Si bien lo miramos nos daremos cuenta de que a la postre no es más que otra forma de populismo. O sea, decir a la gente lo que le gusta escuchar. Algo que nos consuela porque apacigua el pesar que todos llevamos dentro por aquello de que tire la primera piedra el que está libre de culpa. Ya saben, lo de mal de muchos, consuelo de tontos.
El ser humano tiene muy pocas posibilidades de controlar sus emociones. Por no decir ninguna. Cuando nos embriagamos con cualquier cosa que sea nos dedicamos a fantasear con un mundo de color rosa y, después, cuando la inevitable resaca que sigue a toda embriaguez, pasamos como por ensalmo a recrearnos con las miserias humanas que creemos ver por doquier. Pasamos lo más de nuestras vidas en la pura irrealidad porque todos tenemos algo de eso que antes se decía maniaco depresivo y ahora bipolar. Subimos a bajamos por el tobogán como auténticas marionetas.
Y no me hago ilusiones, porque depravación hay para dar y tomar, pero también su contrario. La mayoría de la gente la mayor parte del tiempo cumple con la ley de Dios. No tienes más que levantarte un día temprano y salir a pasear por la ciudad para comprobarlo. La gente va a sus trabajos. Otros llevan a sus hijos al colegio. Otros levantan la persianas de sus establecimientos. Otros llevan las porras al bar de la esquina para que los parroquianos las puedan desayunar. Un mundo armónico en definitiva que es el real... el de ni tantas velas que quemen al santo, ni tan pocas que no le alumbren. Pero, claro, con estos mimbres, como dicen los tertulianos, es muy difícil escribir novelas y hacer películas. ¿A quién le iba a interesar que le cuenten lo que está viendo por todos los lados a nada que esté en paz consigo mismo?