Por entonces vivía en Barcelona y aunque solo fuese por entender las series británicas que ponían en la televisión local pensé que me merecía la pena aprender algo de catalán. Así que siguiendo mi lema de "pensado y hecho" me dirigí a una librería de la Plaza Urquinaona, creo recordar, especializada en libros religiosos. Me informé con un señor muy amable que había allí y, de resultas, salí a la calle con una Biblia en catalán bajo el brazo. De inmediato me enganché en su lectura. Era verano y me había quedado solo en aquella casa con un pasillo de más de veinte metros de largo. Así que con todas las ventanas abiertas lo recorría de este a oeste y vuelta a empezar mientras iba leyendo todas aquellas historias sabidas pero muy poco, por no decir nada, entendidas. De vez en cuando tenía que parar para mirar alguna palabra en el diccionario, pero la verdad es que no mucho porque la Biblia no se caracteriza por la floritura lingüística sino, más bien, todo lo contrario, es de su sencillez y precisión de donde emana su profundidad. O, si no es así, por qué otra cosa creen ustedes que después de veintitantos siglos siga no solo conservando sino acrecentando su prestigio.
Esa profundidad que viene siendo sondeada domingo tras domingo en todas las iglesias del mundo. Unos extraen más y otros menos, pero todos sacan algo de allí. Digamos que la Biblia es el soporte para el más gigantesco ejercicio de semiología que pudo concebir la humanidad. O, dicho de otra forma, la más poderosa máquina de hacer pensar salida del coco de los humanos. En definitiva, es la riqueza simbólica de sus textos. Historias sencillas en apariencia que llegan a lo más profundo de nuestra psique y regresan cargadas de sugerencias que nos pueden incluso quitar el sueño.
Les cuento todo esto porque hace ya algún tiempo que vengo interesándome por los vídeos en los que Jordan Peterson se dedica a desmenuzar, o interpretar a su manera, los pasajes más manidos de la Biblia. Es tanto lo que me han impresionado que no he podido por menos que agarrar la Biblia que compré en Salamanca y ponerme a leerla. Quizá, me digo, todo lo que leí en la vida no ha tenido otra finalidad que poder leer este libro ahora, cuando ya lo único que busco es poner en limpio mi ignorancia despojándola de todo atisbo de vanidad.
En fin, qué vida ésta: a la vejez viruelas
No hay comentarios:
Publicar un comentario