"Otra cosa he visto bajo el sol, y fue para mí una gran lección: había una ciudad pequeña, de pocos habitantes; vino un rey poderoso que la cercó, montó contra ella fuertes piezas de asedio; había en la ciudad un hombre pobre, pero hábil, capaz de salvar la ciudad con su destreza, pero nadie se acordó de aquel pobre. Y me dije: sí, <<vale más maña que fuerza>>, solo que la maña del pobre se desprecia y nadie hace caso de sus consejos. Y eso que se escuchan mejor las palabras tranquilas de un sabio que los gritos de un capitán de necios. Más vale maña que armas de guerra."
Supongo que este tipo de aforismos habrán servido a la humanidad para avanzar hacia un mundo mejor, pero es descorazonador comprobar como una y otra vez se tropieza en la misma piedra de preferir los gritos de los capitanes necios. Y eso por más de que al final nunca ha quedado más remedio que acudir a la maña de los hombres sabios y por tanto pobres. Porque, no se engañen al respecto, nunca un sabio digno de tal nombre quiso ser rico. Y menos poderoso. Entendiendo rico y poderoso en el sentido que le da el vulgo y los diccionarios de las reales academias de la lengua... que no por otro sitio que esas academias es por donde empieza la tergiversación de la realidad. ¡Qué falta nos hacen para hablar como los ángeles! ¿O es que Cervantes y Quevedo necesitaron academias para escribir como escribieron? No, miren, es de esas academias e instituciones regulatorias similares de donde procede todo el mal del mundo.
Pongamos ésta que dicen pandemia, creen ustedes que hubiera existido de haber estado el cuidado de los pacientes en manos de médicos de cabecera como mi padre. Él afrontó la gripe del 57 con total naturalidad. En vez de media docena de visitas domiciliarias, aquellos días hacía quince o veinte y eso fue todo. Por lo demás, el principal recurso terapéutico fue el habitual, es decir, el sentido común. Pero, de pronto, España empezó a alemanizarse y las instituciones públicas crecieron como hongos. La instituciones que no tienen otra finalidad que destruir al individuo por el simple procedimiento de diluir sus responsabilidades en el todo. ¿Quién es el guapo que pide cuentas a una institución que ha metido la pata hasta el corvejón?
En definitiva, todos los parásitos del mundo corren a encalomarse en las instituciones y después no hay Dios que los desaloje. Cualquiera al que se le hayan encalomado unas palomas bajo el alero sabrá de qué estoy hablando. Así que mientras no hagamos con los parásitos lo que se suele hacer con esas palomas estaremos en las que estamos: tratando de curar la depresión inherente a la irresponsabilidad con remedios estúpidos. Por lo tanto, señoras y señores, si queremos poder volver a cultivar nuestro jardín no hay más remedio que matar a esos parásitos... en el sentido literal del término.
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