Anoche, Nochebuena, hubo un silencio sepulcral en toda la escalera. Al mediodía me fui a dar un cole y en los vestuarios un joven nos increpó a otro viejo y a mí porque mientras nos desvestíamos no llevábamos la mascarilla calada. Le pregunté que en dónde se informaba para saber tanto y el tipo salió del vestuario haciendo gestos. Otro de los presentes, viejo y con sobrepeso, hablaba a gritos por el teléfono denostando de los negacionistas. Por los altavoces, cada poco, anunciaban la obligatoriedad de la mascarilla para todas las actividades. Pregunté a los presentes si también para el baño. Nadie respondió. Me largué para la piscina y solo había allí tres bañistas. Guay del Paraguay. Tuve una calle para mí solo. Hice doce largos, 600 m., y quedé como una rosa. De vuelta a casa vi que los bares estaban según es costumbre tal día como ayer, o sea, hasta los topes. Ya saben que los virus se achantan en los templos de Dionisos.
Vino María y cenamos unas espinacas a la catalana y un pastel de pescado que me había regalado Cindy, la chica que viene a limpiar dos veces al mes. Acto seguido nos repanchingamos en los sofás ikea del salón para ver Centauros del Desierto. Una película absolutamente estimulante. El triunfo del tesón. El que la sigue la consigue. Algo muy difícil de entender en estos tiempos de varita mágica. Ya saben, Harry Poter. ¿Qué podemos esperar de esta generación educada en tamaña decadencia? Pues eso, que te exijan que te coloques bien la mascarilla. Por tu bien, claro está, porque son todos buenísimos, que es que ven a un perro sufrir y no lo pueden soportar.
He dormido bastante aceptable. Me he levantado con menos dolores de los acostumbrados, he desayunado con gusto y he abierto el ordenador. Alguien me ha enviado un link al video Asesinados de Nauzet Morgade. Bueno, lo que ya sabía, que esto no ha hecho más que empezar. Hasta ahora, la resistencia a las imposiciones del poder estaba muy deslabazada, pero ya hay un núcleo sólidamente organizado. A partir de ahora puede ser la de San Quintín, porque nunca se ha dado el caso de que una resistencia organizada fracase en sus objetivos. Las razones de que así sea son obvias: cuestión de coherencia. Es una lucha entre la razón de la fuerza y la fuerza de la razón. Acuérdense siempre de Galileo cuando oigan a alguien hablar de negacionistas. A Galileo no se atrevieron a matarle porque por más que les estuviese desmontando el chiringuito sabían que tenía razón. Bueno, pues a los negacionistas de ahora, igual. El poder les quisiera matar, pero sabe que solo serviría para acelerar su derrota porque las razones que exhiben son tan poderosas que cada día que pasa brillan más y hasta los más ciegos empiezan a distinguirlas. Esto ya no tiene vuelta atrás, solo el justificado derramamiento de sangre puede lavar la sangre injustamente vertida.
Por cierto que el Centauro Quirón sí qué sabía de curar enfermedades. Y también de educar a los niños. Aquiles es la prueba. Con su cólera y todo.
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