Los problemas de la vida, por contra, dado su infinito número de variables no hay dios que pueda resolverlos. A veces aciertas de chiripa, pero, por lo general, te equivocas. No hay más que mirar alrededor para darse cuenta de que todo, menos los niños que juegan con la arena de la playa, es una pura equivocación.
Y que conste que no soy el primero que se da cuenta. Ni mucho menos. Los primeros libros de los que tenemos noticia tratan precisamente de eso: de una humanidad doliente como consecuencia de sus equivocaciones. La soberbia de querer ser como los dioses. Y no hay forma de poder sacárnoslo de la cabeza. Por tal de que los demás sepan que existimos nos dejamos perforar el glande si no tenemos algo menos doloroso con lo que significarnos.
En fin, señores, he sido tan estúpido que un águila viene todos los amaneceres a roerme lo que me queda del hígado. Y eso con el agravante de que el sueño de las noches es ya tan ligero que no sirve para regenerarme siquiera un poco. El águila apenas tiene ya donde escarbar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario