Decididamente, hay que armarse de paciencia. Ésta es una guerra en la que no hay otra que meterse en el refugio a esperar a que al enemigo se le acaben las bombas. Cosa más que problemática porque si no salimos a destruirle las fábricas en donde las manufacturan lo vamos a tener chungo. Como dicen los británicos, un verdadero conundrum. Es decir, el remedio y la enfermedad hermanos gemelos.
A Dios Gracias, puedo echar mano de los valses venezolanos de Antonio Lauro revisados por Alirio Diaz. O de algún preludio o choro de Villalobos, o de los palos flamencos que me enseñó el maestro Juan Trilla. Por no hablar de alguna cosilla de Tárrega y Albéniz. Un repertorio sin duda muy limitado para los años que llevo con el invento, pero que, en estas horas aciagas, es píctima y confortativo para un espíritu que, más que atribulado, está exhausto hasta casi el desistimiento.
Porque esa es para mí a estas alturas la gran cuestión: el desistimiento. ¿Se imaginan un mes más, dos acaso, o tres, en este plan? Entonces sería la del 29 del siglo pasado, mirar por la ventana y ver como los vecinos se arrojan al vacío. Y no por nada si no porque la estabilidad psíquica tiene un límite. Es decir, ni se pueden pedir peras al olmo ni, mucho menos, cotufas en el golfo.
En fin, voy a ver si hago unas flexiones porque tengo les cames encarcaradas de tanto practicar el sillonbol.
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