“Elegiré amigos entre los hombres, pero no esclavos ni amos. Elegiré sólo a los que me plazcan, y a ellos amaré y respetaré, pero no obedeceré ni daré órdenes. Y uniremos nuestras manos cuando queramos, o andaremos solos cuando lo deseemos.”
Cuando era joven, quizá por los veinte o así, leí El Manantial de Ayn Rand. Solo recuerdo de tal lectura que fue muy trabajosa y que la terminé porque siempre he sido muy cabezón, pero, por lo demás, puedo asegurar sin la menor sombra de duda que aquel esfuerzo, si no todo, en su inmensa mayoría cayó en saco roto. No puedo saber en qué medida las ideas de esa obra infiltraron mi subconsciente, por decir algo, pero lo que es la conciencia de ellas, nada de nada. Ya lo dice el Profesor García Maestro, que para leer, es imprescindible saber. O sea, pasar de lector a transductor, o interprete. Por eso es que de niño es mejor leer Guillermo y los Proscritos, porque con las experiencias de un niño se puede transducir. Pero leer a los veinte El Manantial...
Bueno, supongo que habrá gente que lee a los veinte El Manatial y extrae de él un vagón de sustancia. Para empezar, no todos los lectores a esa edad tienen la misma formación, las mismas experiencias vividas y, sobre todo, el mismo coeficiente intelectual, cualquier cosa que eso sea. Y eso por no hablar del medio ambiente en el que se desarrolla, o sea, las ideas que ha ido adquiriendo en las diversas catequesis a las que ha tenido acceso. ¡Imagínense a las que tuve yo en aquellos años de la copla y el cuplé! En fín, peor pudiera haber sido caso de haber ganado la guerra los buenos.
Coñas aparte, ayer, un día intratable por lo ventoso, pasé la jornada en casa viendo vídeos en YouTube relativos a las opiniones y andanzas de Ayn Rand. La verdad es que, de vez en cuando, para desengrasar, me entretenía intentando resolver un problema de geometría o álgebra de los de Academia Internet, Mind Your Decisions, Julioprofe o cualquiera de los otros mil portales dedicados a alegrarnos la vida a los que no estamos dotados para los deportes al aire libre. Sea como sea, el caso es que venía de un tiempo a esta parte oyendo citar con insistencia a Ayn Rand en esas conferencias que tienen colgadas en la red los adeptos a la Escuela Austriaca de Economía. El Manantial y La Rebelión de Atlas, las dos obras más significativas de la autora, son para los de esa escuela un compendio literario de toda su filosofía.
Pues bien, como comprenderán una cosa que le lleva mil páginas a la autora no se puede resumir en unas líneas. Tampoco en cualquiera de esas conferencias o entrevistas que hay colgadas en la red. Pero, para que se hagan una somera idea les apuntaré tres o cuatro perlas de las de matar del susto a los puros de corazón. Para empezar dice que su hombre ideal es el productivo o, mejor si quieren, el egoísta inteligente. ¡Vaya por Dios, egoísta, ya la tenemos montada! Sin embargo, al calificarle de inteligente ya se empiezan a tambalear las concepciones morales al uso. Mirar fundamentalmente por lo de uno, pero sabiendo que yo no puedo imponer nada a nadie, limita mucho, por no decir todo, los caprichos inherentes al egoísmo infantiloide. Porque esa es la idea nuclear del pensamiento randianao, que nadie, absolutamente nadie, tiene derecho a imponer a otros absolutamente nada. Y aquí, a la cabeza de los que no tienen derecho, sitúa al Estado. El Estado que con sus milongas redistributivas roba al hombre productivo y crea al indigente, su justificación. Bien que sabemos de esto los que vivimos en estos conocidos eufemísticamente como "estados del bienestar". ¡Ya te digo! Bienestar material para los que gestionan el latrocinio y miseria moral para todos.
Ya lo dice ella, que éstas son ideas para el siglo que viene. Y ya va para un siglo que las expuso y no sé yo si todavía no estaremos lejos de poder digerirlas. El predominio de la razón sobre los sentimientos, el leitmotiv de toda su obra, se me antoja que sigue siendo una utopía inalcanzable. Ahí siguen las legiones de clérigos de toda laya encaramados en sus púlpitos clamando por la empatía como clave de bóveda de la ciudad de dios. El hombre productivo es el enemigo a batir. El redistribuidor, el rey del mambo. Y no hay muchos visos de que esto vaya a cambiar por las buenas. Y eso por mucho que los adalides de la escuela austriaca de economía se prodiguen por doquier. Así que, personalmente soy de los que piensan que estas cosas solo las puede solventar Paco cuando viene con la rebaja.
Bueno, supongo que habrá gente que lee a los veinte El Manatial y extrae de él un vagón de sustancia. Para empezar, no todos los lectores a esa edad tienen la misma formación, las mismas experiencias vividas y, sobre todo, el mismo coeficiente intelectual, cualquier cosa que eso sea. Y eso por no hablar del medio ambiente en el que se desarrolla, o sea, las ideas que ha ido adquiriendo en las diversas catequesis a las que ha tenido acceso. ¡Imagínense a las que tuve yo en aquellos años de la copla y el cuplé! En fín, peor pudiera haber sido caso de haber ganado la guerra los buenos.
Coñas aparte, ayer, un día intratable por lo ventoso, pasé la jornada en casa viendo vídeos en YouTube relativos a las opiniones y andanzas de Ayn Rand. La verdad es que, de vez en cuando, para desengrasar, me entretenía intentando resolver un problema de geometría o álgebra de los de Academia Internet, Mind Your Decisions, Julioprofe o cualquiera de los otros mil portales dedicados a alegrarnos la vida a los que no estamos dotados para los deportes al aire libre. Sea como sea, el caso es que venía de un tiempo a esta parte oyendo citar con insistencia a Ayn Rand en esas conferencias que tienen colgadas en la red los adeptos a la Escuela Austriaca de Economía. El Manantial y La Rebelión de Atlas, las dos obras más significativas de la autora, son para los de esa escuela un compendio literario de toda su filosofía.
Pues bien, como comprenderán una cosa que le lleva mil páginas a la autora no se puede resumir en unas líneas. Tampoco en cualquiera de esas conferencias o entrevistas que hay colgadas en la red. Pero, para que se hagan una somera idea les apuntaré tres o cuatro perlas de las de matar del susto a los puros de corazón. Para empezar dice que su hombre ideal es el productivo o, mejor si quieren, el egoísta inteligente. ¡Vaya por Dios, egoísta, ya la tenemos montada! Sin embargo, al calificarle de inteligente ya se empiezan a tambalear las concepciones morales al uso. Mirar fundamentalmente por lo de uno, pero sabiendo que yo no puedo imponer nada a nadie, limita mucho, por no decir todo, los caprichos inherentes al egoísmo infantiloide. Porque esa es la idea nuclear del pensamiento randianao, que nadie, absolutamente nadie, tiene derecho a imponer a otros absolutamente nada. Y aquí, a la cabeza de los que no tienen derecho, sitúa al Estado. El Estado que con sus milongas redistributivas roba al hombre productivo y crea al indigente, su justificación. Bien que sabemos de esto los que vivimos en estos conocidos eufemísticamente como "estados del bienestar". ¡Ya te digo! Bienestar material para los que gestionan el latrocinio y miseria moral para todos.
Ya lo dice ella, que éstas son ideas para el siglo que viene. Y ya va para un siglo que las expuso y no sé yo si todavía no estaremos lejos de poder digerirlas. El predominio de la razón sobre los sentimientos, el leitmotiv de toda su obra, se me antoja que sigue siendo una utopía inalcanzable. Ahí siguen las legiones de clérigos de toda laya encaramados en sus púlpitos clamando por la empatía como clave de bóveda de la ciudad de dios. El hombre productivo es el enemigo a batir. El redistribuidor, el rey del mambo. Y no hay muchos visos de que esto vaya a cambiar por las buenas. Y eso por mucho que los adalides de la escuela austriaca de economía se prodiguen por doquier. Así que, personalmente soy de los que piensan que estas cosas solo las puede solventar Paco cuando viene con la rebaja.
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