Cada vez estoy más convencido de que la situación actual no es más que una maniobra maquiavélica de los enigmáticos poderes en curso para acabar con los viejos. A unos les rematan directamente en las unidades de cuidados intensivos y, al resto, por la sádica manera de mantenerles recluidos en sus casas. Todo el mundo sabe que un viejo que no sale a la calle se deteriora a pasos agigantados y en cuatro días está para Pan y Guindas, como dicen aquí en Palencia.
Yo, la verdad, por mucho que me afecte la estrategia no dejo de reconocer que es la adecuada. Porque es mera naturaleza en acción. Mantener la supervivencia de la especie exige sacrificios, cosa que debido a la perversidad de las ideologías dominantes habíamos olvidado. Hemos estado demasiados años creyendo que, por fin, habíamos conseguido torcer el brazo a los dioses. Que les podíamos tutear. Una verdadera infantilada. Vivimos rodeados de una ficción absolutamente estúpida. Los héroes ya no lo son por valientes, inteligentes, virtuosos o sacrificados, no, lo son por poseer poderes sobrenaturales. Pero si es que hasta en el portal de mi casa han puesto un espejo que deforma la imagen para que cuando esperamos el ascensor nos veamos más esbeltos. El caso es que vivamos en el engaño permanente.
Pero ya digo, la naturaleza, o los dioses si mejor quieren, tiene sus leyes ocultas que todavía estamos muy lejos de desentrañar. Con un simple virus puede poner orden en el desbarajuste global. Los viejos, por fin, vamos a tener que reconocer que caminamos con tres patas. Sí, sí, todos esos anuncios del IMSERSO, en adelante, deberán estar protagonizados por viejos con cachaba y espaldas encorvadas. ¡Ya está bien de tanto juvenilismo de mierda!
Los que sobrevivan podrán comprobar mi infalible teoría: a medida que vayan muriendo viejos irá subiendo la bolsa. Porque será la restauración del equilibrio natural. Porque ese equilibrio, no se engañen, está roto y bien roto. Millones de improductivos chupando de la sabia del mundo, la juventud productiva. No puede continuar este endeudamiento progresivo. Los muertos vivientes están hipotecando a los vivos. Hay que pegarles una patada en la cachaba para que se despatarren y desaparezcan.
La cachaba, esa es la cuestión, que los que la llevan ni siquiera saben que la llevan, y por eso es que la peste no cese Tebas. Y, ahora, ha venido este Edipo en forma de coronavirus de los cojones a desentrañarnos de nuevo el enigma.
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