lunes, 2 de marzo de 2020

Melmot

De entre las novelas que leí en aquellos maravillosos años hay una que me dejó, como se suele decir, una huella indeleble. Se trata de Melmot el Errabundo, de un autor irlandés llamado Charles Maturin. Es una historia de esas que llaman, no sé por qué, gótica, cuando sería mucho más apropiado calificarla de terrorífica. La cosa va por lo fáustico, es decir, de pacto con el diablo, pero con una variable inesperadamente perversa: el tiempo en vez de ir encogiéndose en la medida que se satisfacen los deseos,  como en las versiones clásicas de Fausto, se dilata, nunca se termina, o sea, que hace al personaje eterno. 


Esta es una cuestión que nunca solemos plantearnos los humanos que estamos en nuestros cabales, la de ser eternos. Parece, así, a primera vista, que todo lo que vive, incluidos los humanos, está programado para agarrarse a la vida como las ladillas al vello púbico. Bueno, pienso que eso no es así, por lo menos en las especies o, para ser más preciso, la especie que tiene conciencia del paso del tiempo, la humana. Los humanos, juraría, a medida que van acumulando experiencia y conocimiento van perdiendo interés, más que nada porque van cayendo en la cuenta de que la vida, como no se cansa de repetir el Profesor García Maestro, está muy sobrevalorada. Llega un momento en que los esfuerzos que hay que dedicar al mantenimiento dejan de merecer la pena. Es como un coche viejo que día sí y al otro también tiene que pasar por el garaje para seguir malfuncionando... para llegar hasta la panadería o poco más.


Pero en el caso de Melmot la cuestión no es el deterioro de la maquinaria, es el hastío de la repetición. Todo para él es previsible, o sea, es la imposibilidad de la sorpresa, de la emoción, de la nueva experiencia: su corazón late, pero sabe que está muerto. Por eso es  que quiera acabar de una vez, pero el demonio no le deja so pena de que consiga traspasar el contrato que con él tiene firmado a otra persona. Y así es como Melmot vuelve a vivir, convertido en un monstruo que somete a sus víctimas a los más horribles tormentos con la finalidad de convencerles de que si aceptan el traspaso de su contrato con el demonio quedarán liberados. Pero, ni por esas, nadie acepta porque todos ven la trampa que encierra la propuesta.  Porque saben que la única forma de acabar con todos los sufrimientos de la vida es con la muerte. Y por eso es que Melmot todavía ande por ahí vagando a la búsqueda de alguna alma cándida a la que aterrorizar. 


No sé, pero todo esto me da para mucho pensar. Quizá todos, en alguna medida, tenemos firmado ese tipo de contratos. Funcionó mientras funcionó y de pronto, quizá por caída de la producción de las hormonas esenciales, empezamos a sentir el peso de la trampa en que toda bicoca se convierte. A causa de la estulticia inherente a los años sobrehormonados damos en pensar que nuestra momentánea potencia está ahí para quedarse y todo es ji, ji, ja,ja, olvidándonos de paso de lo que nos hace humanos: la capacidad de prever. Y así es que a la primera pérdida de pie comenzamos a gritar desesperados: ¡dónde hay que firmar! Lo demás por añadidura.   



2 comentarios:

  1. pures yo conozco a un par de Melmots de estos que van aterrorizando al personal en cada esquina.Muy interesante ,no conocía le novela pero me voy a poner en ello.En Estas Tierras Luteranas no hay mejor pasatiempo que estar sentado al fuego de la chimenea,Ribera del Duero descorchado,y una buena novela gótica o como se llame.Este clima rudo se sobrelleva mejor con este tipo de actividades.

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  2. No sé qué pensaría si la leyese ahora, pero cuando lo hice me impacto. Porque es como un estudio de hasta donde puede llegar la maldad de alguien que está desesperado. Desesperado, claro, por haberse metido en líos de los que es imposible escapar. Así que no me extraña nada que conozcas a un par de ellos. Porque hay unos cuantos.

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