Si no calculo mal fue en el año 58 del siglo pasado cuando hubo algo similar a esto de ahora. Dijeron que era gripe, pero vete tú a saber porque por entonces faltaban años todavía para saber identificar a los virus. No sé si ya existiría por entonces el Instituto Nacional de Virología de Majadahonda, pero desde luego que en los hospitales hasta los setenta, de virus, nada de nada. El caso es que estaba yo por entonces en régimen de internado en un colegio de religiosos salesianos. Dormía en un dormitorio corrido con otros cincuenta o cien niños. Pues bien, fui casi el único de todos ellos que no se contagió. O, por lo menos, que no tuve síntomas. Así que andaba por el patio todo el día como alma en pena en compañía de otros dos o tres que también se habían librado por lo que fuese. El asunto duró unos pocos días y no recuerdo que se hablase mucho del número de muertos. Por entonces tener una gripe era encontrarse un poco pachucho. Los catarros y todo eso que en aquellos tiempos con las malas condiciones de las viviendas y la peor de las vestimentas, eran el pan nuestro de cada día. Todo el mundo entendía por entonces aquello que dijo el clásico de que en no teniendo mocos no gustan de gargajos. Porque los niños, de octubre a mayo, siempre andaban sonándose al aire y, los viejos, gargajeando a placer, incluso en esos meses de verano. Así era que sólo se estaba sano en los años de la juventud, más o menos el tiempo que el tabaco tardaba en fabricar la bronquitis crónica.
Ahora, ni te digo. Es más fácil ver un burro volando que a un niño con mocos por la calle. Y un viejo gargajeando es como cosa de frikis. Lo cual que como que no es para tirar las campanas al vuelo porque como dijo no recuerdo quién no sólo de salud vive el hombre. Y la mujer, por supuesto. Las cosas, lo diré recurriendo al tópico, son mucho más complejas. Personalmente, no me parece apreciar por ningún lado que los niños y viejos de ahora estén más sanos, en su acepción más amplia, que los de mis años mozos. Es evidente que hay menos catarros y cagaleras, pero, eso, por comparación a ciertos síntomas mentales que parecen apreciarse de forma muy extendida en la actualidad, es pecata minuta. Por poner un ejemplo inapelable, cuando mi niñez lo de la jubilación ni se sabía lo que era. El común de la gente trabajaba hasta que le daba un patatús y se moría. Claro que también es verdad que los trabajos eran mucho más interesantes y proporcionaban un reconocimiento social bastante al margen de los emolumentos que produjesen. Juan el Herrero, por sus ochenta o noventa, seguía siendo imprescindible para la comunidad. Le recuerdo bien porque me dejaba dar a la manivela del fuelle de la fragua. Y le veía sentado, agarrando con la izquierda las tenazas con las que sostenía la pieza al rojo sobre el yunque mientras con la derecha la iba configurando a golpes de martillo que intercalaba con los que su hijo Carlos daba con una maza. Hoy día, Juan, hubiese estado condenado a ir por la calle recogiendo las caquitas de su perro. Y cosas por estilo. Un enfermo mental, en definitiva.
De los niños ni te hablo. Ándabamos a nuestra bola sin la menor coacción. De vez en cuando nos pasábamos de la raya y no había misericordia divina que nos librase de la merecida penitencia. Desde luego que yo no les cambio todas aquellas guerras que hacíamos por los callejos ni todos las artilugios que nos inventábamos para pescar peces por todos estos cachivaches que utilizan hoy los chavales. Comprendo que a cada época le toca lo suyo, pero no denosto en absoluto de la que me tocó por comparación a esto de ahora.
Les voy a ser franco, lo que más echo en falta de aquellos tiempos con respecto a estos es la sensación libertad. Porque cuando se habla de libertad se está hablando de una sensación. Luego, claro, hay unos parámetros más o menos objetivos con los que se pretende evaluar esa sensación, pero, nunca lo olviden, esos parámetros, a la hora de la verdad, son bastante subjetivos. Así que para ser franco, mi particular sensación subjetiva es que se era más libre con Franco que después de Franco. Solo hay que comparar aquella epidemia del 58 con esta de ahora. Lo que va de dejar a la gente que se salve por su cuenta a imponerla unas normas de obligado cumplimiento y más que dudosa eficacia.
En fin, de traca: ¿Han visto ese vídeo en el que la ministra de Igual Da le estornuda encima de la cara a una vieja que por lo visto es una ilustre lesbiana? Y a los dos días nos dicen que la ministra está contaminada. Eso, Igual Da.
Sabias palabras...en eso de la Libertad lo comparto contigo,pero ya sabes cómp está el tema hoy..REcuerdo uan epidemia de paperas y de sarampión en los Pizarrales,en casa de mi abuela.don Alfonso el médico desbordado,mi abuela poniéndome filminas de su última visita a Lourdes,a ver si me curaba ,#.Los boletos en el bar La Union ,las minifaldas y las estrecheces,los desayunos con torreznos y pan frito.Vaya mierda de Sociedad que hemos creado.un abrazo
ResponderEliminarBueno, Nacho, ya sabes que esto siempre ha ido, va e irá, de amor y masacre. Los que lo ignoran es porque no leyeron en su día EL PAPUS. Allá ellos.
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