A lo largo de todos los muelles de la ciudad suele haber pescadores de caña. Es evidente que se ha puesto de moda. La gente va con su silla plegable, su caña, su retel y un recipiente para la posible cosecha. Posible, pero poco probable, todo hay que decirlo. El caso es que ayer por la mañana fui testigo de un hecho triste donde los haya y que me retrotrajo a las numerosa ocasiones en las que en mis años de pescador había tenido que pasar por semejante trance. Un hecho triste, digo, si por tal tenemos a una frustración casi infinita.
La mar estaba calma y el sol apenas acababa de despuntar por encima de las dunas de Somo. Una colla de pescadores de piel curtida por la intemperie y los muchos años de levantar vidrio en barra fija, se demoraba, entre chanzas, sobre un banco del paseo marítimo. De pronto, uno de entre ellos salió escopetado. Había visto que la punta de su caña se curvaba con insistencia y vigor. Para cuando sacó la caña de su soporte y se puso a manipularla ya se había formado un revuelo a su alrededor que ni que se acabase de anunciar el santo advenimiento. No se tardó en comprender por parte de la agitada concurrencia que no se trataba de una presa cualquiera. Quién más, quien menos, no se privó de dar aquilatados consejos al capitán al mando de la Enterprise. Allí se respiraba trascendencia por los cuatro costados. Una cosa así no pasa todos los días. Suelta y recoge, suelta y recoge, la cosa iba según arte. No habían pasado ni cinco minutos desde el comienzo de la operación cuando el bicho ya dio sus primeros traqueteos en la superficie. ¡Una dorada!, señaló contundente el más avisado. El animal, de unos veinte o treinta centímetros, o así, aparecía y desaparecía cada vez más cerca del muelle. Para entonces, la oferta de consejos se había convertido en un guirigay. Dos colegas del protagonista de la jugada merodeaban por allí con los reteles dispuestos para subir la presa tan pronto se pusiese a tiro. La tensión del momento era indescriptible. Los paseantes mañaneros quedaban todos prendidos del acontecimiento y aquello ya parecía la romería de San Pantaleón. Y entonces fue cuando, ¡Aaaaa...! Una exclamación colectiva de desencanto: la dorada se había soltado y se había ido con la música a otra parte. Cabizbunda y meditabaja la asemblea se disolvió en un visto y no visto. Pero todavía se escuchó una voz autorizada y desplicente entre los tamarindos del paseo: ¡falta de profesionalidad!
