Veo vídeos a propósito de lo que están haciendo los Space X y no sé qué pensar. Fabrican cohetes como si fuesen churros. Cada vez más grandes y potentes. Dicen que un día de estos irán a la luna. Y luego a Marte. Y todo en medio de esta crisis como de fin del mundo.
Me dice María que en Santander hay toque de queda. ¡Pues mira que bien! A los que viven por donde la movida les viene de perillas. Podrán dormir sin drogas suplementarias.
Y en el entretanto lo que de verdad está pasando es lo que tenía que pasar. La gran degringolade, que dicen los franceses. La propia naturaleza ya se encarga de que, al final, cuadren las cuentas. Y todo parece indicar que España, una vez más, se pondrá a la cabeza del mundo. De hecho, parece ser que ya lo está. El lema patrio, por mucho que nos entretengan unos y otros con sus milongas, no es otro que: ¡No sin mi perro! Ya es prácticamente imposible ver a alguien por la calle que no se haga acompañar de uno de esos bichos. Incluso los rarísimos que van con niños también dedican toda su atención al imprescindible chucho.
Sí, señoras y señores, por nada del mundo se les ocurra invertir su dinero en lo inmobiliario. Se lo digo yo que, como soy un yonky de la equivocación, acabo de comprarme un piso. Porque es que todo indica que de aquí a nada los van a regalar.
Toda esta desmesura, ¿pero es que alguien pensaba que todo esto iba a durar? Como lo de Space X. ¿Es que alguien duda de que a la vuelta del siglo todo ello no será más que chatarra?
¡Por dios bendito, la variante delta! Y la chusma traga que traga. ¿Es que hubo alguna vez en el mundo un solo momento en el que no hubiese variantes para dar y tomar? Que yo recuerde la gente siempre se murió de variantes que ni siquiera nos molestábamos en identificar. ¡A quoi bon si todas son iguales! Si estás hecho trizas todas te matan. Si estás bien, como quien oye llover. Y eso es todo.
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