Cada día que pasa se hace un poco más manifiesta la magnitud del fraude. Para empezar, que alguien me enseñe un solo trabajo científico que demuestre que el virus ha sido aislado, secuenciado, cultivado e inoculado a alguien para reproducir la enfermedad. Nada de eso, que se sepa, se ha producido hasta ahora, así que toda especulación sobre la naturaleza vírica de la supuesta enfermedad sobra. Y no es que yo niegue que se esté muriendo algo más de gente de lo que es habitual, pero como me he entretenido unas cuantas horas mirando los vídeos sobre estadística de la Kan Academy, no me extraña nada que así sea. La que se decía pirámide poblacional se ha convertido en una alcachofa, es decir, que como hay viejos, muy reviejos, para dar y tomar, lo lógico es que se muera más gente de lo que era habitual cuando lo que había era la famosa pirámide, o sea, pocos viejos.
Pero, por encima de todas las sospechas tenemos una prueba infalible para demostrar el fraude: llevamos ya un año y medio con la ordalía y los gobernantes siguen obstinados en impedir todo debate público sobre el particular. Hay una versión oficial y punto. Y se criminaliza a los disidentes. ¿No les suena eso a algo bastante terrible? La historia de la humidad nunca se ha cansado de reproducir semejantes horrores. En la antigüedad los encargados de expandir el terror eran los púlpitos de las iglesias y ahora los medios de comunicación de masas. Unos y otros convenientemente controlados y engrasados por el poder en curso.
En definitiva, estas recurrentes ordalías no son más que recursos que utilizan los poderes tambaleantes para intentar mantenerse en pie un poco más. Pero la experiencia demuestra que casi siempre es en vano. Las más de las veces el asunto se ha saldado con un cambio de las élites que traen un aire fresco que por lo general dura poco. Y vuelta a empezar.
Así que, como en el juego de la oca, de ordalía en ordalía y tiro porque me toca.
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