A través de un vídeo de Juan Ramón Rallo me entero de cosas que se andan diciendo en España como si fuesen lo más natural del mundo. Por lo visto, a un periodista, o lo que sea, le han publicado un artículo en uno de los periódicos de mayor tirada del país en el que se dedica a argumentar sobre la pertenencia de los niños al Estado. No se puede tolerar, dice el payo, que un padre eduque a sus hijos según sus particulares preferencias ideológicas no vaya a ser que éstas sean de esa catadura que le dicen de derechas. ¡Pues apañados estaríamos, sigue el tipo, si consintiésemos que los niños nos saliesen homófobos, xenófobos, y todas esas cosas que son la marca de la casa de la derecha!
Puestas así las cosas, lo realmente sorprendente es que pueda haber un periódico que se dedique a publicar semejantes majaderías. Desde luego que no se puede caer más bajo. Y esa es exactamente la cuestión, a lo bajo que hemos llegado. Se diría que a los mismísimos infiernos o, si mejor quieren, a donde a alguien con mando en plaza se le inflan las bolas y pega un puñetazo en la mesa. Ya te digo, los niños, ¡pero si ni siquiera los hay!
No sé, pero se diría que todo se ha salido de razón. Lo primero que hace Juan Ramón Rallo en ese vídeo de denuncia es hacer incapié en la que parece falta de capacidad de ese periodista de marras para la diferenciación entre la parte literal y la simbólica del lenguaje. La parte simbólica, sin la cual no es concebible el sentido del humor. Y ya me dirán ustedes en qué se convierte la vida sin sentido del humor: pues en un puro resentir. ¡Ay el resentimiento de los petits! Como no les pongamos a cavar otro Valle de los Caídos, no les veo yo liberación posible.
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