De todos los subgéneros de la novela o el cine quizá no haya otro tan prolífico como el policíaco. Y no por nada sino por algo tan elemental como las leyes del mercado. Tiene tanta demanda que es inevitable que se genere la correspondiente oferta. Por eso es que en la actualidad haya un canal de televisión de nombre Energy dedicado en exclusiva a meter pequeños retazos de historietas de ese subgénero entre descomunales bloques de publicidad. Por así decirlo, esa publicidad incita desesperadamente a la corrupción de los espíritus y, después, como si fuese una expiación, viene la historieta horripilante en la que los buenos al final se salvan por los pelos. Es algo absolutamente infantiloide y, sin embargo, engancha. Supongo que las pseudociencias del espíritu habrán hecho correr ríos de tinta sobre este curioso fenómeno, sobre el porqué de tanta afición a sufrir estrés por delegación.
Sea como sea y por lo que sea, el caso es que siempre le he dedicado una atención casi enfermiza a este subgénero. Quizá por las concomitancias que tiene con mi profesión de origen. No hay que olvidar que Conan Doyle era médico y que su personaje Sherlock Holmes es el fundador de la ciencia policial moderna precisamente por trasladar a ésta los métodos empleados en la medicina moderna para diagnosticar las enfermedades: una vez descartado por la evidencia lo imposible, lo probable, por poco que lo sea, tiene que ser la respuesta. El laboratorio es, así, el centro no sólo de la medicina sino también de la práctica policial.
Pues sí, en esas series de Energy, por lo general, es el laboratorio el que en buena medida suple a la antigua intuición que, recuerden, era la madre de todos los éxitos. A Marlowe le bastaba para descubrir a los malos seguir su instinto de resentido social: los ricos, por definición, tenían que ser corruptos. Con eso, soportar unas cuantas palizas, beber unos gimlets y dejarse engañar por una rubia peligrosa, ya teníamos a toda la progresía mundial babeando de placer toda la noche como en una canción de La Trinca.
No quiero decir con esto que la intuición y el método deductivo haya desaparecido del oficio, pero no nos engañemos, entre las informaciones vía compañías de telecomunicación más las aportadas por la ciencia forense lo que le queda al polí en la mayoría de los casos es arriesgar el pellejo cuando va a detener al malo. Es un poco aburrido, la verdad, lo mismo que la actual medicina que con una gota de sangre y un escaner ya se tiene toda la información precisa para pasarla por el ordenador y obtener diagnostico y tratamiento. ¡Adiós romanticismo!
Sin embargo, observando con atención las series de Energy podemos ver que las cosas no son tan sencillas. Hay una de ellas, llamada Blue Blood, que pone al descubierto los intríngulis, por así decirlo filosóficos, de la acción policial. Se trata de una familia de policías. Con todas las escalas jerárquicas del oficio. Y los domingos se reúnen todos alrededor de una mesa, en principio para comer, pero la realidad es que lo hacen para debatir sobre las cuestiones éticas y morales que la práctica policial presenta. Y es que la relación con el lado oscuro de la vida se presta mucho a tirar por la calle del medio y, a los delincuentes, como que apetece fusilarlos que diría un revolucionario portugués de cuando los claveles. Y ahí está el punto, que la policía está para garantizar que nadie se impone sobre nadie, incluidas las víctimas del delincuente sobre el delincuente. Parafraseando a Nietzsche, la señal más evidente de que una sociedad se siente segura de sí misma es que protege a los delincuentes de sus víctimas. Así, sí alguien no se puede saltar la ley, ese es el policía. Y eso con el agravante de la presión psicológica que políticos y periodistas ejercen sobre las masas con el fin de atraerse su beneplácito. Ya se sabe, la policía nunca cumple con la ley al gusto, o las necesidades, de los demagogos: o queman al santo o no le alumbram. El equilibrio, como podemos observar en las conversaciones de las comidas de los Reagan, los protagonistas de Blue Blood, para que nos entendamos, es prácticamente imposible debido fundamentalmente a la decadencia del sistema político en vigor.
En fin, la policía, pieza clave donde las haya del sistema. Sin ella, los débiles no sobreviviríamos ni cuatro días. Aunque, paradojas de la vida, son los más débiles los que más tendencia tienen a organizarse en mafias para sobrevivir. Y las mafias no son más que Estados dentro del Estado que aseguran su preponderancia matando, o corrompiendo policías. Son las leyes de la naturaleza en estado puro. O, mejor si quieren, la eterna dialéctica entre los lados claro y oscuro de la vida.
Por lo demás, todas esas series de Energy tienen sin duda una segunda intención: deslumbrar a los espectadores con los paisajes en los que se desarrolla la acción. Estoy seguro de que no hay un solo tonto del culo que las vea que no esté pensando en estos momentos acercarse a Honolulu, Las Vegas, Maimi, Los Angeles, New York... para ver todo aquello de cerca y darse cuenta de que no es tan bonito como le habían hecho creer.
No conocía yo esta faceta tuya.en eso,coincides conmigo.Y tampoco conozco la serie.Intento huir de ellas ,ya que ,siendo cinéfilo de siempre ,e quita mucho tiempo para la lectura.Imagino que lo retomaré cuando me jubile ,si no he estirado la pata.
ResponderEliminarEs un subgénero que nunca me cansa. Me relaja ver que al final siempre son los malos los que sufren. Y no te digo nada ya si es Chuck Norris el que les da las explicaciones.
ResponderEliminarpues te recomiendo "60 Kilos" de Ramón Palomar.Una delicia de chorizos,maarras,calorros y legionarios.muy actual y en la que curiosamente nio aparece ningún policia.
ResponderEliminarLo apunto.
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