Alguien ha dicho que no es que ahora haya más fachas, que lo que en realidad está pasando es que cada vez llaman facha a más gente. Nada nuevo, la verdad. Nos vamos al año 422 a. C, Atenas, concurso de comedias, Aristófanes presenta bajo seudónimo "Las avispas". Gana. Como no podía ser de otra manera.
En aquella Atenas no eran necesarias penosas oposiciones para ser juez. Bastaba con ser ciudadano de pleno derecho y postularse para el cargo. En un principio el cargo era honorifico y sin emolumentos, pero llegó el gran Pericles y mandó parar. En adelante los jueces cobrarían dos óbolos por sesión. No era mucho, pero a los pringados les podía solucionar el sustento. Consecuencia de todo lo cual fue que los ciudadanos acomodados se hiciesen a un lado y que los mentados pringados se hiciesen con la administración de la justicia. Bueno, espero que ninguno de mis avisados lectores albergue la menor duda acerca de que de los pobres puedes esperar cualquier cosa menos el que sean honrados. O sea, pobres en el poder, corrupción asegurada. Y ya saben lo que pasa entonces, que cada vez más gente se empieza a mosquear y, acto seguido, a denunciar el latrocinio. Y entonces es cuando se toma conciencia del enorme poder que se acumula en manos del latrocinio organizado. Cualquier crítica a su desastrosa gestión se combate poniendo altavoz a la mentira. Lo que pretenden esos, dicen los jueces corruptos, es acabar con la democracia e imponer la tiranía. Claro, en aquella Atenas sobrevolaba sobre el presente el recuerdo de los años de la tiranía de Pisistrato. Igual que sobrevuela en España el recuerdo de Franco. ¡Con Franco, o Pisístrato, esto no pasaba!
Todo esto es lo que cuenta Aristófanes por medio de una trama en forma de comedia. O sea, el cuento de nunca acabar. Todas las formas de organización política tienen sus pros y sus contras. ¡Qué duda cabe! Pero hay algo en la que todas coinciden: que los que detentan el poder tienden a corromperse y, acto seguido, a tratar de tapar su corrupción por medio de la mentira. Y en esas estando, el populus, para defenderse, saca sus diversas armas: los más tontos, o inocentes, recurren a los tribunales; los más espabilados, sacan a pasear el humor. Bueno, quizá la mayor diferencia entre la democracia y la tiranía es la actitud frente al humor. En las tiranías te pueden matar si cuentas un buen chiste. En las democracias se hacen concursos de chistes y el Estado actúa de corredor de apuestas. Ergo, siempre gana.
Bueno, me parece que lo mejor va a ser acercarse a la costa porque todo apunta que la meseta va a ser un horno los próximos días.
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