sábado, 23 de septiembre de 2017

Copas de más

Había algarabía en la Plaza Mayor de Becerril. Resulta que unos señores ya mayores pero con aire juvenil, como la música que sonaba desaforada, estaban celebrando el veinticinco aniversario de su llamamiento a filas. El programa consistía en primer lugar en tener al pueblo sometido a tortura sonora desde las diez de la mañana, después santa misa, a continuación la renovación solemne del juramento a la bandera y como colofón, pues ya se lo pueden suponer, lo de siempre en estos casos: negocio para la hostelería. 

La mili la suprimieron a comienzos del milenio, ayer como quien dice, y ya parece que nunca existió. Yo me libré de hacerla por medio de subterfugios, aunque seguramente estuvo en parte justificado, pues si de lo de estrecho de pecho me salvaba por los pelos, de carencias empáticas que le dirían ahora tenía para parar un tren. Simplemente, ya por entonces, me paralizaban las camaraderías multitudinarias. Como ahora, más o menos, que en sobrepasando la septena ya me empiezan los vahídos. De todas formas, no me siento en absoluto orgulloso de aquel libramiento artero porque ya hace mucho que empecé a considerar que de haber pasado por ese aro quizá hubiesen mejorado algunas de mis peores carencias. O defectos si quieren. Pero, en fin, esto sería largo de contar. 

El caso es ese, que la mili sigue siendo una referencia para muchos, quizá porque significó la experiencia más nutricia de sus vidas. He conocido gente que andaban por los cuarenta y cincuenta y seguían dando la matraca con historias de su mili. Porque para ellos fue un antes y un después. Una especie de Universidad de la Vida que les dio el titulo de adultos. Nadie en el pueblo te podía seguir tratando de chaval una vez regresado de aquella metida en cintura. Además que allí se hacían amigos para la eternidad. Gente de todos los confines con la que acaso se acababa haciendo negocios.  

Total, que hoy en Becerril se juraba la bandera mientras en otros rincones de España se limpian el culo con ella que, aunque no se enteren, también es otras forma de jurarla. Porque ya me dirán ustedes la distancia que hay del amor al odio... unas cuantas copas de más las más de las veces.  

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