Me pregunto por quién doblan las campanas. En Villada, donde la única fonda que hay en el pueblo se llama La Cárcel. Pasó ya el verano y sin haber llegado todavía el otoño, sólo cuatro viejos que beben aguardiente en los bares de la plaza dan fe de que allí queda vida. Por cada casa abierta hay cuatro cerradas de las que tres se caen. Y puede que me quede corto. No es el fin de una época, es el fin de una era.
Apresúrense si quieren tener una idea de lo que fue la matriz de un imperio. Porque la decadencia es tal que pronto no quedará nada. La inmensidad de los Campos sigue siendo la misma pero su proporcionalidad con el hombre quedó reducida a nada con la llegada del motor de explosión. Allí, cuatro gatos se sobran y se bastan para lo que hay que hacer. El resto, son viejos que esperan pacientemente que vengan sus hijos por las fiestas. El resto del año, ya digo, aguardiente por las mañanas en los bares de la plaza.
Pero, bueno, de pronto, en medio de la inmensidad, entre ruinas de monasterios de adobe, un milagro: Hotel Mesón LaTata. Hemos comido de madre y luego hemos sesteado en un banco de una alameda que había por allí.
En fin, a ustedes que les gusta viajar, no se lo pierdan.
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