Uno ve a esos alemanes xenófobos que han entrado en el parlamento y no puede sino preguntarse por cómo sería posible distinguirlos por la pinta. Porque es que hemos visto tanto cine en el que la pinta de las personas era decisiva para configurar el carácter que ahora estamos como huérfanos de referencias para catalogar lo que tenemos delante. Porque esos xenófobos que les digo tienen una pinta incluso más agradable que los que dicen detestar la xenofobia.
Todo esto me tiene muy desconcertado. Porque estoy seguro de que esos xenófobos, dada la pinta que tienen, son gente instruida y cultivada y que, incluso, se habrán sentido concernidos cuando han leído el parlamento en el que Don Quijote le explica a Sancho que las personas valen por lo que hacen y no por de dónde vienen. Porque muchos de ellos seguro que lo han leído, o cosas similares. Y sin embargo, como quien oye llover. Algo dentro de ellos es más fuerte que la razón a la hora de construir argumentos. Algo telúrico, es decir, salido de las zonas oscuras del alma donde anidan los instintos más básicos, justo los que fuimos doblegando para hacernos sapiens.
Si, es descorazonador comprobar hasta que punto cuesta evolucionar. Aquellos a los que creemos individuos constituidos como tales les vemos volver a la tribu a la primera de cambio para danzar alrededor del puchero donde se está cociendo uno que osó adentrarse en su territorio sagrado. Y ahí es donde tenemos el mayor peligro, en el camuflaje. Para bailar alrededor del puchero ya no hace falta ponerse taparrabos ni un hueso en la nariz; ahora lo normal es hacerlo con un traje de Armani o, en su defecto, uno de Zara.
Es tremendo, la verdad, comprender a estas alturas de la vida que lo más probable es que uno esté bailando alrededor de un puchero sin ser consciente de ello. ¿Pertenezco yo a alguna tribu? Posiblemente sí y debiera poner todos mis esfuerzos en descubrir a cuál para poder borrarme de inmediato. Porque no hay nada que degrade tanto a la persona como pertenecer a lo que sea. Y sobre todo a un club que acepte como socios a tipos como yo. Marxismo puro en definitiva.
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