sábado, 30 de septiembre de 2017

Ese cáliz

Así reza uno de los titulares de La Vanguardia de hoy a propósito del artículo de uno de sus colaboradores estrella:

Pero ¿cómo puede ­esperarse que una negociación entre políticos pueda restañar las heridas profundas de un pueblo humillado en su dignidad?



Lectura del Evangelio según San Lucas. 22, 39-46

Salió Jesús, como de costumbre, al monte de los Olivos;
y lo siguieron los discípulos.
Al llegar al sitio, les dijo: "Orad, para no caer en la tentación".
Él se arrancó de ellos, alejándose como a un tiro de piedra
y, arrodillado, oraba diciendo:
"Padre, si quieres, aparta de mí ese cáliz.
Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya".
Y se le apareció un ángel del cielo que lo animaba.
En medio de su angustia, oraba con más insistencia.
Y le bajaba el sudor a goterones, como de sangre, hasta el suelo.
Y levantándose de la oración, fue hacia sus discípulos,
los encontró dormidos por la pena, y les dijo:
"¿Por qué dormís? Levantaos y orad, para no caer en la tentación".

"Heridas profundas de un pueblo humillado en su dignidad". ¡Átame esa mosca por el rabo! ¿A ver quién es el guapo que puede desmontar esa entelequia convertida en carne de mi carne? ¡Límpiense el sudor a goterones, como de sangre! La verdad, en llegados a tal grado de locura no veo más solución que la camisa de fuerza. Bueno, quizá pudieran servir también las inyecciones intramusculares de esencia de trementina. Pero, ¡por el amor de Dios!, que nos aparten de una vez este cáliz porque, si no, vamos a acabar haciendo un disparate.  

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