martes, 26 de septiembre de 2017

Tonto perdido

Todo esto del llamado populismo que anda infestando a las sociedades digamos que libres, según como se mire, puede ser una magnífica oportunidad para impulsar la maduración de los individuos. Porque esas masas enfervorecidas que vemos por las calles enarbolando banderas son la expresión exagerada hasta el ridículo de lo que todos somos en mayor o menor medida y sólo hace falta que nos quitemos los colmillos para poder vernos en ellas. Porque ¿qué es un populista? Pues bien, por muchas vueltas que le den sólo podrán encontrar una respuesta certera: un populista es aquel que tiene soluciones simples para problemas complejos. Es así de sencillo y a la vez tan complicado porque de esta estulticia es muy difícil escapar cuando la vida aprieta sobre todo por el lado del aburrimiento. 

Lo estaba explicando ayer en la BBC un tipo con pinta de profesor de Oxford. El odio al de afuera prende más en los lugares donde menos gente de afuera hay. En los pueblos apartados en donde la gente se muere de aburrimiento. Claro, en algo tienen que pensar y como están mal, porque el aburrimiento es dolor, piensan cosas malas. En Londres, sostenía, la gente está demasiado ocupada en ganarse el sustento y por eso no se aburren y, de rebote, casi nadie votó a favor del brexit. Pero en los pueblos del norte donde la mayoría de la gente vive subsidiada todos encontraron la solución a su malestar en echar a los de afuera que, por cierto, ellos nunca ven.

Yo no conozco forma mejor de detectar a un idiota que  escuchar decir a un tipo que no hace nada de valor: yo nunca me aburro. Pueden estar seguros de que no se entera de su aburrimiento porque el no parar de hacer maldades le omnubila la mente. Porque es que, además, el idiota lo es porque carece de todo atisbo de voluntad. Un puto vago en definitiva.  

El aburrimiento, la vaguería... la transversalidad del tiempo libre que decía Sostres el otro día. Eso es el populismo. Y por tal es que a nada que nos descuidamos caemos de inmediato en él. Hoy en vez de la bicicleta voy a coger el coche para matar el día... y ya estás metido de hoz y coz en la rueda infernal. Porque la vida no da nada a cambio de nada e ir en coche a matar el tiempo es menos que nada. Es renunciar a la épica y, por tanto, a dar sentido a la vida. Y el que no sepa entender esto que digo que coja, agarre y compare el descanso vespertino en el sillón tras un día de bicicleta y otro de coche. Por no hablar de la digestión de la comida. 

En fin, que uno se acostumbra a lo fácil y acaba pensando que todo lo es. Tonto perdido y populista por tanto. Hay que andarse con cuidado.

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