En todo esto que está pasando en Cataluña hay una cosa que se quiere olvidar y que sin embargo en mi modesta opinión es la madre de todos los problemas: en Cataluña se vive de puta pena. Sí, sí, de puta pena.
Se habla, y con razón, de cuarenta años de adoctrinamiento. Las escuelas, la televisión... como cuando lo de Franco, que ya vieron de lo que sirvió. Para hacer chistes más que nada. Y sin embargo, en Cataluña cuaja. Pregúntense el porqué y no encontrarán otra respuesta que lo mal que se vive allí. Sí, sí, dime de qué presumes y te diré de qué careces. Y estamos cansados de escuchar propaganda sobre lo bien que se vive en Cataluña. Según ellos allí todo es mejor que en el resto de España. Y lo repiten cien mil veces al día porque al parecer no consiguen convencerse.
Miren ustedes, cuando una persona está mal y no se cura con la medicina canónica tiene tendencia a recurrir a los agüeros y las hechicerías. Y eso es justo lo que pasa en Cataluña. El aumento incensante del PIB no les mejora la vida. Al revés, se la empeora. Se lo digo con conocimiento de causa. Intenté vivir en un ricón idílico de la Serralada Central y fue de todo punto imposible. Estaba rodeado de miles de granjas de cerdos y pollos que apestaban la atmósfera hasta lo irrespirable. Granjas que nadie se preocupó en apartar de los pueblos para dar más encanto al jardín perfumado. A toda aquella gente la codicia, o la falta de inteligencia, les ha amargado la vida y ahora quieren droga dura para dulcificarla.
En Barcelona les ha pasado igual. El ansia de dinero fácil la ha convertido en un lugar incómodo a más no poder. Un turismo de baja estofa -de alta no creo que exista- ha llenado sus barrios centrales de ruido y suciedad y los vecinos que pueden huyen de ellos como las chinches a la luz. El malestar es tan manifiesto que hasta han elegido a una alcaldesa medio iletrada para que acabe con la ordalía. Y entre necios anda el juego.
Sí, no les quepa la menor duda: los adoctrinamientos sólo cuajan entre gente que está mal y no ve luz al final del túnel. Cuando ya sólo se confía en los milagros. En su ofuscación han acabado creyendo que con la independencia el campo va a dejar de oler a mierda, las fábricas químicas van a purificar el aire y Barcelona va a tener el mismo porcentaje de putas que cualquier ciudad civilizada.
Ya les digo, el problema es que viven de puta pena, y nunca va a cambiar mientras no dejen de tener esa obsesión con el dinero. Dinero como sea. Granjas, putas, industrias contaminantes, lo que sea con tal de engrosar la butxaca. Pues bien, ya tienen la butxaca grossa. ¿Y ahora qué? Pues, aparte de vivir rodeados de incomodidad, tener que ver como los que tienen la mitad que ellos viven tan ricamente. Insoportable. ¡Aquellos malparits que viven de nuestro esfuerzo!
En definitiva, donde no hay inteligencia, la codicia se desborda y el ánimo se emputece. Ya sólo queda fabricar culpables para cuadrar el círculo. Así que, no veo yo qué otra solución va a tener todo esto que no sea la mano dura. Como siempre con los tontos.
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