lunes, 11 de septiembre de 2017

La razón práctica

En la isla de Tera, en el Egeo, eran ya demasiados para lo que el suelo podía alimentar. Como eran razonables decidieron resolverlo sin hacer correr la sangre. Fletaron un barco y luego echaron a suertes los que se iban y los que se quedaban. Y así fue que la mitad que le tocó marcharse se subió al barco y se perdió en el horizonte. Anduvieron una larga temporada de aquí para allá buscando donde asentarse, pero no dieron con nada de su gusto. Entonces se sentaron a deliberar y resolvieron volver a Tera. Pero en Tera, que ya se vivía mucho mejor, no les dejaron desembarcar. Les pertrecharon de nuevo con víveres y les obligaron a largarse. Habían sido sus hermanos, pero ya no lo eran por razones de índole práctica. 

Claro, si allí hubiese imperado el Sagrado Corazón de Jesús en Vos Confío, que duda cabe de que la espada hubiese acabado decidiendo. Pero en Tera preferían venerar a Apolo. A las duras y a las maduras. 

En fin, parece mentira que aquí y ahora todavía andemos con lo de la razón pura. Como si Kant no hubiese dedicado  un libro de mil páginas a criticarla. La fuerza de la razón, señores, estriba en que es práctica. Y no por nada sino porque solo el sentido práctico de la vida permite discernir cuando conviene invertir los términos, es decir, pasar de la fuerza de la razón a la razón de la fuerza. Que no por otro motivo nos hemos pertrechado de cañones y todas esas cosas. 

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