Ayer, el típico día suave de comienzos del otoño, me eché a la carretera con María a eso de la media mañana. La brisa era casi imperceptible, pero suficiente para hacerle un justo contrapunto al calor que daba un sol amortiguado por una fina gasa de nubes. Serían las dos cuando cruzamos el Carrión por el mismo sitio en el que apareció el cadáver de Ofelia entre lirios. Con el castillo al fondo, la vista es espectacular desde ese puente medieval. Pero ya llevábamos encima suficiente hambre como para andar demorándose con consideraciones estéticas. En nuestras cabezas sólo cabían dos palabras: La Concordia. La Concordia es un restaurante que hay en Monzón que a D. G. no viene en las guías de postín aunque bien pudiera.
Hay en las paredes de La Concordia unos cuadros que a mis ojos de profano son más que notables. Un paisaje castellano de amapolas y el atrio de una iglesia en Estambul. Para redondear sonaba todo el rato un jazz suave que no paraba de recordarme a aquellas noches memorables de El Cámbaro. Pero es que, además, para dar más cuerda a la nostalgia, pedí de segundo plato unas manitas ¡Ay, aquellas cenas en el Fuente De de Peña Herbosa!
Corrían los últimos setenta del siglo pasado y había en España una crisis económica de las de verdad. Las inflaciones anuales nunca bajaban del veinte por ciento. Con eso se dice todo. Pero nosotros, con nuestras flamantes profesiones, vivíamos ajenos a la debacle generalizada. Hacíamos nuestro trabajo, nos pagaban puntualmente y, en el tiempo libre, no estábamos para muchas filosofías comiserativas. Al atardecer nos dejábamos caer por el Fuente De a comer unas manitas, o en lo de Jenny un alu-cachalu. Después, ahítos ya de comida y conversación nos dirigíamos al Sardinero para rematar la velada en El Cámbaro escuchando jazz y también, todo hay que decirlo, fumando mariguana. ¡Tiempos felices aquellos en los que acabábamos de ganar una guerra! O quizá fuese que estábamos cobrando nuestros primeros sueldos y, por contraste, todo el mundo nos trataba como a los verdaderos reyes del mambo.
Bueno, cada cosa cuando toca y bendito sea el poder mirar ahora hacia atrás sin ira y con un cierto regusto de vida cumplida. Ni fuimos los mejores ni los más guapos, pero supimos disfrutar sin molestar, espero, demasiado al prójimo. Y el que tuvo retuvo y, en la medida de lo posible, seguimos en el tajo. ¡Y qué le vamos a hacer si somos así!
No hay comentarios:
Publicar un comentario