Ayer por la tarde pasé uno de esos pocos ratos inolvidables que tiene cualquier vida. Estuve viendo el documental "La búsqueda" que Francisco y Casilda Sánchez Varela hicieron sobre la vida de su padre Paco de Lucía. El final me produjo una explosión sentimental que me tuvo media hora sorbiéndome los mocos. Y no es que su muerte me cogiese desprevenido porque viendo como fumaba y el innegable deterioro físico que se va apreciando a lo largo su estresante recorrido por la vida nada de extraño tiene su súbito deceso.
Hace días, como ya les comenté, también disfruté lo indecible viendo "A la sombra de las cuerdas", el documental sobre la atormentada vida de El Niño Miguel. En definitiva, Paco y Miguel, dos prodigios de la naturaleza para los que el azar trazó caminos que, por lo menos en apariencia, fueron radicalmente divergentes. La vida cumplida del uno, la adversa del otro. Aunque es posible que, a la hora de la verdad puede que no se trate más que de formas de sobrellevar el tormento que inevitablemente acompaña al genio: Mefistófeles todo el rato pasando cuentas.
Sea como sea, les haré una confesión: no tengo ni idea de como podría sobrellevar esta vida absolutamente anodina que vengo arrastrando desde la noche de los tiempos si no fuese por la afición que le he ido cogiendo a la guitarra y todo lo que hay alrededor de ella. Sobre todo el mundo del flamenco como escuela de vida. Pasión, esfuerzo, meticulosidad o, en definitiva, como diría el abate Sostres, tensión espiritual, lo único que puede dar sentido al vivir.
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