viernes, 6 de octubre de 2017

¡Horda maldita!

La verdad es que la cosa no puede estar más divertida. A D. G. tenemos a los catalanes para que cada cierto tiempo la monten parda, con sus camisas (pardas) y demás, y todo el mundo se sienta en la obligación de decir la suya a cada cual más necia. Porque quitando los tres o cuatro periodistas presentables que hay en el país la inmensa legión de ellos están apuntados al mantra de que Rajoy no hace una al derechas y, de paso, le dicen lo que tiene que hacer sin perder un minuto. 

Personalmente, me tranquiliza mucho el que sea Rajoy, un hombre viejo, el que dirige la orquesta. Sin estridencias va encajando las piezas descompuestas y al final todo quedará como si no hubiese pasado nada aunque, eso sí, en el fondo de las almas anidaran sensaciones encontradas. Porque, como me dijo una vez mi madre con precisión poética: lo mejor de la vida,/ es después de una guerra/ cuando la has ganado. Tenía experiencia al respecto.

Así que por mi parte, paso de todo este enrenou, que también se puede decir xivarri o aldarull, y que no es más que mucha gente haciendo el capullo. O el chusma para ser más preciso. Y sigo dedicándome a lo que me concierne que no es ni más ni menos que tratar de entenderme a mi mismo para no desesperarme. Y por eso es que le estoy dando la enésima vuelta a "Les Paradis artificiels" del amigo Baudelaire. ¡Dios mío, con todo el vino que he bebido y la mariguana que he fumado! Opio, lo confieso, apenas tengo experiencia más allá de algún lingotazo de láudano cuando me levantaban por la noche para ir a ver a algún enfermo al Pabellón 21. ¡Qué tiempos aquellos!

Ahora, a estas alturas, me doy cuenta de hasta qué punto es comprometido cambiar la percepción de la realidad por el expeditivo procedimiento de ingerir sustancias psicoactivas. Una percepción que pasa como por arte de birli-birloque de la natural incertidumbre a la certeza total de que has conseguido encajar todas las piezas del puzzle que es la realidad. En definitiva, te crees en posesión de una gran inteligencia que te sitúa por encima del común de los humanos. Luego, al despertar, la resaca, que es una gran melancolía. Tristeza y desinterés total por un mundo que no te merece. Necesito otra dosis. 

Encajar todas las piezas y, de rebote, sentirse superior. Sé de eso hasta la exasperación. Y también de sus nefastas consecuencias. Las fobias, las paranoias y demás tormentos de por vida. Estar mal por haber querido estar demasiado bien: el paradigma de la necedad. 

No sé, pero me gustaría poder estar convencido de que no sé nada de nada. Y, sin embargo, no puedo. En el fondo, y en la superficie, me pasa igual que a esos periodistas que critico, que necesito pensarme sabio para no desmoronarme. 

¡Oh expulsados del cielo, horda maldita!
exclamó en el umbral horripilante,
¡¿dónde vuestra jactancia se acredita?!

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