Era hacia la media tarde y, como cada día a esas horas, andaba zanganeando con mis cosas cuando, de pronto, empiezo a escuchar un runrún cada vez más cercano que se contrapunteaba con un guirigay de bocinas. Dejé lo que estaba haciendo para asomarme al balcón: era una concentración motera que, en este caso, se engalanaba con gran profusión de banderas rojigualdas. ¡Vaya, la cosa se empieza a animar!, pensé. Y una sensación desagradable empezó a recorrerme la columna vertebral.
Bueno, tengo que decirles que en aquel momento no hacía ni tres minutos que había acabado de leer un artículo de Fernando Aramburu titulado "El arte de estar solo". No es que hubiese aprendido algo nuevo de él, pero a veces uno necesita confirmarse en lo que ha venido sospechando toda su vida: que todo lo que hay de valor en este mundo ha salido de los momentos de soledad buscada. Ese lugar, dice el autor, a fin de cuentas, al que uno acude por su propio pie en procura de reposo, de reflexión, y a entablar coloquios con su conciencia.
Y no es que no crea que de la relación con los demás no se saca nada de provecho. Ni mucho menos. Aunque sólo sea porque los demás suelen ser el espejo en el que con mayor facilidad se refleja la parte más detestable de nuestro yo. Pero no sólo eso, con ser tan importante, luego está el intercambio de ideas, el paso de información y el simple alimento de la palabra afectuosa que ya de por sí es fuente de energía vital. Pero no me engaño, en la vida todo es economía, y para poder dar primero has tenido que acumular. Y si no sabes acumular o das más de lo que acumulas te quedas sin nada, sin espíritu, y te conviertes en parte del hormiguero donde el individuo no cuenta por sí mismo, sino en función del dinamismo impersonal de la masa, sigue diciendo el autor.
La masa. Y el poder. Espero que lo que estamos viendo estos días sirva para algo. ¡Tanto sagrado corazón de Jesús! ¡Tanto Dionisos! -perdón por el pleonasmo- ¡Tanto exaltar lo contingente frente al mérito, la suerte frente al sacrificio! ¡Tantas ganas de agradar! Y luego pasa lo que pasa, que el mundo se llena de hormigueros y tenemos un problema como el de Houston. ¡Ale, todo a tomar por el saco!
No me gustan nada las masas. Y menos si son de moteros. Y no te digo nada ya si van blandiendo banderas. Si toda esa chusma amase un poquito al Estado de Derecho que les hace Ciudadanos mejor que se quedasen en casa un ratito mirando a ver qué puede hacer para ser mejor. Leer un libro, ver un vídeo de la Khan, yo qué sé, cualquier cosa que le distancie siquiera unos segundos de su apestoso ombligo.
En fin, lo de siempre. Masa y poder. Apariencias y realidades. Me dice María, que es maestra, que dos niños desastrosos en una clase de veinte se llevan todo el protagonismo y dan la sensación de que son todos. Pero, al final del curso, son sólo esos dos los que suspenden.
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