lunes, 9 de octubre de 2017

Voluntarismo

Andaba estos días de atrás intentando encontrar distracción por medio de esa actividad que llaman voluntariado. Cualquier cosa menos fácil. Todo lo útil está copado y lo que  ofrecen está contaminado por la ideología. Así que voy a descartar esa posibilidad y voy a tratar de reacomodarme en este pseudoaburrimiento de actividades paraintelectuales. Decir la mía sobre Cataluña y cosas por el estilo como aprender a tocar la bamba.

El caso es que ayer nos acercamos a Medina de Rioseco. Siempre tuve simpatías por ese pueblo, quizá porque oí hablar de él a mi madre desde la tierna infancia. Teníamos parientes allí y, una vez, cuando estudiaba en Valladolid, fuimos a visitarles. Pero no lo voy a contar. Lo que sí, el recuerdo que tenía mi madre de una vez que de jovencita fue allí por fiestas y de como un torero que le brindó el toro a su hermana, luego, durante la lidia, fue cogido por ese mismo toro y allí mismo que expiró su alma. Recuerdos de familia, y qué le vamos a hacer si siempre nos rondó la truculencia. 

El caso, digo, es que Medina tiene el recreo y toa la hostia de una culta población. Las familias se amontonaban en las terrazas que hay en el corrillo al inicio de la calle porticada para tomar el aperitivo. Los niños, como es ahora habitual, lucían como principitos. Los padres, los abuelos, todos endomingados. Más buena vida imposible. Fiesta Mayor perpetua. Fuimos a comer a Casa Manolo.

Manolo es a Medina lo que Arzac a Donosti en todo menos en las dosis. Lo único que recuerdo de una vez que llevé a mi novia de entonces a comer a lo de Arzac es que el tipo vino a preguntarnos si éramos felices. No sé que le diría porque más que comida nos había dado una frugal colación. Pero ayer me desquité. Manolo, con un gran corazón de colores sobre su corazón de verdad, vino a explicarnos la composición y textura de cada plato y, al final, nos contó pormenorizada la historia de su familia incluidos proyectos para las próximas vacaciones. Así que salimos de allí dando tumbos y sin más pretensiones que la de encontrar un sitio para tumbarnos, cosa que, una vez conseguida, sirvió de poco, porque es tal la sequedad del ambiente que las moscas se te tiran a todos los orificios en busca de cualquier indicio de humedad. En fin, menos mal que no cuesta desistir de cualquier empeño. 

Por lo demás, parece ser que la pestilencia catalana encontró ayer algún alivio, pero a mí no me engañan. Las bubas del espíritu sin sangría no remiten... y con ella, por poco tiempo. Sentirse venido a menos, sin duda, debe ser terriblemente doloroso. 

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