jueves, 26 de octubre de 2017

Sofistas a la violeta

Entre mis autores predilectos destaca Luciano de Samosata. De pocos he aprendido tanto. ¿Por qué? Pues muy sencillo, porque te demuestra palmariamente que sabiendo escribir puedes lo mismo alabar que denostar cualquier cosa, dando, en ambos casos, sensación de verosimilitud. Es lo que los entendidos llaman un sofista. Y la parte avisada del pueblo llano, un embaucador. La parte idiotizada, que por desgracia, perdón, es la inmensa mayoría, un líder de opinión. Así que háganse ustedes idea de la gigantesca importancia que tiene enseñar a los niños a leer como Dios manda, es decir, entre líneas, o sea, distinguiendo el fondo de la forma, la morralla, o el adorno, de la esencia etc.. 

Y es que hoy he leído uno de esos artículos que suele escribir el periodista Sostres a propósito de su última incursión de cariz gastronómico. Me ha divertido de verdad porque ni Luciano cuando alabó a la mosca retorció con tanta habilidad y elegancia la mentira para disfrazarla de verdad. Así, empieza con un primer párrafo que parece sacado literalmente de "Ornamento y delito" de Adolf Loos. Por así decirlo, la vanguardia del racionalismo. ¡Fuera mariconadas! Las futilidades sólo sirven para distraer de lo que te concierne. En este caso, comer con gusto y aprovechamiento, o sea, sin tener que pasarse la tarde soñando con pantanos. El verdadero arte culinario que le dicen. 

"Rice es un regreso a la tensión creativa que prescinde de cualquier ornamento que distraiga, de cualquier futilidad, para concentrarse en lo imprescindible, en lo que de verdad necesita ser dicho, en la tensión espiritual de la que el arte depende y de la que todo lo que no es arte carece. Las paredes blancas del restaurante, la cubertería simple, y cada plato reducido a la fuerza de su esencia, y nada más, revolucionan el modo en que la alta cocina ha tenido hasta ahora de relacionarse con su público e invitan a una reflexión sobre el exceso de afectación y circo con que tantas veces se ha banalizado este maravilloso mundo."

Hasta aquí, ningún reproche sino todo lo contrario. Para mí, "Ornamento y Delito" es religión y agradezco mucho que en este mundo barroco y dionisíaco en el que vivimos inmersos aparezca de vez en cuando un predicador del racionalismo apolíneo -perdón por el pleonasmo-. Pero es que el caso es que después del primer párrafo viene un segundo que parece contradecir punto por punto el primero: tartar de ostra ahumada con vainilla, albahaca y crema de puerros. Y luego habla de estériles atajos que no conducen a ninguna parte. Una verdadera tomadura de pelo si no fuese porque ya conocemos al autor y su gusto por epatar con alardes de la nada. ¡Que hay que tener mucho arte para saber conseguir eso! Y no menos para escapar a su seducción. Transcribo:


"Volveré a escribir de Rice antes de Navidad con referencias más precisas: sólo menciono ahora el tartar de ostra ahumada con vainilla, albahaca y crema de puerros como uno de los mejores platos que jamás he comido. Lo que importa por hoy es que todos ustedes entiendan que tienen en Miguel Sánchez Romera la más delicada, sincera y emocionante expresión de alta cocina que hayan podido experimentar: y sin tener que pagar ningún peaje ni perder el tiempo en estériles atajos que no conducen a ninguna parte. Eso sí: al comensal no se le trata como cliente sino como ciudadano vertebrado y libre y se le exige la misma concentración y disposición anímica que el talento que él puede exigirle al genio creativo."

En fin, no sé a ustedes, pero a mí que, como saben, soy adicto al pincho de tortilla, todo esto me suena a fin de época. Como "El Satiricón" de Petronio o cosa por el estilo. O por decirlo de forma más castiza, cosas de gente que mata moscas con el rabo porque está mortalmente aburrida. Un peligro, en definitiva, para el ciudadano vertebrado y libre que dice el autor. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario