lunes, 23 de octubre de 2017
Cuota prometeica
No reconocer que las cosas en general son ahora inmensamente mejores que en el pasado es una soberana imbecilidad. El mundo que dejo a mis hijas es mejor que el que me dejaron mis padres que, a la vez, ha sido mejor que el que a ellos les dejaron los suyos. Y no es que piense que siempre haya sido o vaya a ser así. Me he interesado lo suficiente por la historia como para saber que ha habido notables retrocesos en épocas y lugares diversos. Y que, incluso en los lugares en los que se avanza, puede haber ciertos aspectos en los que se retrocede. Pero esto bien se lo podemos achacar a la inevitable cuota prometeica: a los dioses les disgusta que cada vez nos parezcamos más a ellos.
Sí, a la cuota prometeica y no a otra causa es a la que hoy día debemos la mayoría de nuestros quebraderos de cabeza. Cuota son esas moscas cojoneras que leyeron dos libros y mantuvieron dos conversaciones con personas a las que no tenían derecho. Cuota es la epidemia de ansiedad subsecuente al aumento exponencial del tiempo libre. Cuota es la epidemia de iluminados subsecuentes a la epidemia de ansiedad. Cuota es, en fin, el abuso desmesurado del consumo como sucedáneo fiable de las inevitables demandas del espíritu.
Pero el mundo paga y todavía le quedan remanentes para seguir invirtiendo en progreso. Progreso que no puede ser otro que el conocimiento en general y el de sí mismo en particular. La comprensión de la complejidad del mundo y, también, lo desagradable que puede llegar a ser adquirir la habilidad necesaria para verse en los espejos que son los otros. Si, señoras y señores, incluso cuando vemos a los nacionatas catalanes, por poner un ejemplo muy actual, debemos vernos a nosotros mismos tantas veces inmersos en un mar de sentimientos zarrapastrosos. Y destructivos por demás.
Bueno, lo dicho, que hay poco de lo que quejarse. Y menos con esa descerebrada vehemencia que le echan algunos. Y, por lo demás, qué bueno sería que cada vez más gente se vaya enterando de qué va El Baile de los Vampiros de Polansky, porque es que, desengáñense, los vampiros no son los otros: lo somos todos en tanto, y en cuanto, no nos damos cuenta hasta qué punto lo estamos siendo. En fin, cuota y nada más.
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