Algo me debía pasar hace unos meses porque, de pronto, y sin haber tenido una previa reflexión al respecto, me llegué a la tienda de coches de segunda mano más próxima a mi casa y sin pensarlo dos veces compré un coche por mil quinientos euros. Quitando que su interior huele a tabaco rancio, que cuando la carretera no es lisa suena a cacharrería, que no tiene aire acondicionado ni dirección asistida, todo lo demás funciona a las mi maravillas. Sube los puertos como una flecha, tiene una luz increible, gasta poco y da una sensación de estabilidad mayor que la de cualquiera de los que tuve en el pasado. Pues bien, sigo sin saber para qué le necesito y, sin embargo, desde que le tengo, no puedo dejar de fijarme en coches más modernos que disponen de todo lo que le falta al mío. Y sé que no podré parar de mirarlos hasta que no le cambie por uno de ellos. Es como una maldición que me ha caído por haber sucumbido al primer impulso consumista. Si le necesitase otro gallo me cantara, pero como no es el caso parece como si los diosecillos de la justificación me estuviesen tomando el pelo. ¡Qué sí, hombre, que con este otro aparcarías mucho más fácil e irías más cómodo en verano! Además, ¿para qué quieres el dinero?
Siempre fui consciente de la barrera que separa la necesidad del deseo. Lo que pasa, o me pasa, es que esa barrera es como el Gato de Cheshire, es decir, que aparece y desaparece en función, supongo, de mi estado de ánimo, aunque, cuando desaparece, porque me encuentro fuerte, su enigmática sonrisa sigue ahí, encaramada en alguna rama escondida de mi psique. Como bien entendió Alicia, al Gato no se le puede decapitar porque sólo tiene cabeza.
Viene a cuento esto que les digo porque acabo de leer un artículo sobre "necesitadores compulsivos". En realidad, debiera haberse titulado "deseosos compulsivos", porque es gente que nunca sacia su deseo de tener. Y, a la postre, es la vanidad de tener lo último de lo último lo único que puede apuntalar su autoestima maltrecha. Algo así como el anclaje en la adolescencia. Y en la mendicidad, porque el dinero no siempre puede comprar aquello a lo que el deseo descontrolado acaba aspirando: la voluntad de los demás.
Así, el deseoso compulsivo, sin apenas darse cuenta, pasa del comprar al pedir. Y del pedir a la rabieta si no se lo dan. Y así corre el mundo, lleno de enrabietados por no haber recibido una buena azotaina cuando empezaron a dar síntomas de que el mal era serio.
En fin, voy a ver si aguanto y no cambio el coche por otro mejor. Aunque no creo que pueda porque voy por la calle y en cada coche nuevo veo la sonrisa del Gato de Cheshire. ¡Qué perversa incitación! Y qué pobre de mí.
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