Yo no sé ustedes, pero yo siempre que me he visto al borde del abismo he conseguido salvarme por el simple procedimiento de hacer minucioso recuento de todos los errores cometidos. A veces uno está tan empecinado, o enganchado a cualquier droga, que sólo ve lo inmediato y la forma de resolverlo si es problema o de satisfacerlo si es deseo. Las consecuencias, caso de pensar en ellas, se solventa con el clásico "largo me lo fiáis" donjuanesco. Hasta que llegas al borde, claro, y entonces, necesidad obliga. Recuento, contrición de corazón, propósito de la enmienda... lo de satisfacción de obra que decía el Padre Astete ya es otro cantar: sólo la puntita para salir del trance y, una vez salido, de regreso al monte que para algo somos cabras.
Así funciono yo, y así funciona el mundo. Y no parece que vaya a poder cambiar en tanto no suframos una mutación que mate a todo el Dionisos que llevamos dentro... lo cual, por otra parte, sería horroroso. ¡Imagínense un mundo sin romerías! Aunque tampoco es que hagan falta tantas como hay ahora.
Digo estas cosas, porque tengo la impresión de que se aprecia una especie de pudrición en el ambiente que exige reconsiderar la historia y reconocer las culpas de quien las tuviese manifiestas. Y no voy a tratar del asunto de Cataluña del cual sólo falta para ser solucionado que los dos grandes partidos españoles se pongan mano con mano a recitar, bien alto para que todo el mundo les oiga, los morrocotudos errores que cometieron por tal de desplazarse el uno al otro del gobierno de la nación. Satisfacieron, ambos, sus deseos de hoy al alto precio de las consecuencias de mañana. Y ya va siendo hora de que canten su palinodia. O nos despeñaremos.
Pero fíjense ustedes en lo que está pasando con los incendios que asolan el noroeste de la Península. Ni por asomo se le ocurre a un político, o sus apéndices, los periodistas, que pudiera haber una parte de causa, siquiera mínima, en la mala política forestal. No, la causa, al cien por cien, son los chivos expiatorios. Y nosotros nos vamos de rositas. Y lo más grave es que acaban creyendo que se van a poder ir. Porque es que, además, en la mayoría de las ocasiones se van y, al que Dios se la da, San Pedro, se la bendice.
Demasiadas romerías sin duda. La gente va a ellas, se emborracha y, de vuelta a casa, tira una colilla encendida por la ventanilla. Y qué mala suerte que caiga sobre la tea que la mala política forestal colocó allí. O cualquier otro desgraciado hecho fortuito: un loco incendiario. Me da igual, si la política forestal fuese la correcta, que no lo es, que a la vista está, ni los locos incendiarios tendrían mucho que hacer.
En fin, espero que la acumulación de errores tenga la suficiente masa crítica como para que Apolo tome cartas en el asunto y ponga el adecuado contrapunto a esta debauchery Dionisiaca que nos está empujando al precipicio del empezar a tortas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario