lunes, 30 de octubre de 2017

Chocolate



Justo donde se unen el Pisuerga y el Carrión existe desde la remota antigüedad lo que hoy día se conoce como un hub: una especie de distribuidor de conocimiento, riqueza y demás ingredientes de la vida plena. No en vano a escasos kilómetros se fundó la primera Universidad de España y quizá de Occidente. Pero, antes, allí mismo, se repartían la inmensa planicie regada dos monasterios, uno de trapenses y otro de clarisas. Todavía siguen allí incólumes, testigos de un pasado glorioso y de un presente que no quiere olvidar. Ayer, orientamos nuestro cicloturismo hacia ese enclave prodigioso. 

Para acceder a él en bicicleta no queda más remedio que seguir la vía de servicio que entre polígonos industriales bordea la autopista. En día de fiesta el tráfico es irrelevante. Llegas así a Calabazanos y, a la altura del monasterio de las clarisas, por un paso elevado, vas al otro lado de la autopista. Entre naves y choperas llegas a otro paso elevado para salvar las vías del tren convencional. Luego, bordeas el inmenso complejo industrial SIRO y entre más naves y explanadas logísticas te vuelves a topar con otro paso elevado, esta vez para salvar las vías del AVE. Y ya casi has llegado a Baños de Cerrato, un pueblecito idílico que tiene a sus afueras una capilla visigótica de, por lo visto, méritos sin par. Bueno, como se pueden imaginar no faltaban por allí algunas mesnadas despistadas de turistas. Nos hicimos unas fotos. 

De la capilla a Venta de Baños apenas hay dos kilómetros entre campos y afueras desmañadas. Venta de Baños ya no es aquel pueblo de casas panaderas rodeando el inmenso enclave ferroviario que conocí hace ya más de medio siglo. La estación sigue siendo almacén de convoyes arrumbados, pero, por lo demás, solo es paso de AVES apresurados y parada de media docenas de regionales al día. Y las casas panaderas se han convertido en bloques de viviendas, cada una de su padre y de su madre. Tiene su encanto, porque, además, el sistema de puentes elevados, túneles y demás artefactos para salvar obstáculos le hacen un lugar muy apropiado para filmar thrillers. No sé cómo no se han dado cuenta todavía. 

Fuimos directos a una cafetería que tengo anotada en mi ruta del pincho de tortilla. Está en un lugar anodino, pero soleado y con una terraza en la que nunca faltan familias gitanas. Es curioso porque la propietaria estudio el COU en EEUU y una licenciatura en Valladolid. Nos lo contó, supongo, porque no fuésemos a creer lo que no era. Ella estaba allí no por imposición sino por elección, lo cual, como que no es poco en estos tiempos que corren. Luego estuvimos comentando los cuadros que tiene colgados en el interior que los había pintado su padre. Paisajes de choperas en otoño. Muy dignos, como se suele decir cuando uno no sabe qué decir pero quiere quedar bien. Restaurados ya, seguimos ruta. 

Por el lado este de las vías fuimos a la busca de un paso elevado al oeste. Lo encontramos junto al edificio de la vieja estación. 
El oeste es otro mundo. Como si fuese donde la gente va a solazarse. Muchos bares y cafeterías que, por supuesto, estaban a rebosar. Bordeando la alta pared de la estación recorrimos los dos kilómetros que separan el pueblo del monasterio de La Trapa. Allí, cruzamos las vías por un subterráneo y le pegamos un vistazo al monasterio. En la iglesia, del lado de clausura, había una viejecita orando que parecía de piedra. No me explico como habría podido llegar hasta allí. ¡Porque buenos son los trapenses! Desde luego, aquello no es el Escorial, pero tampoco le desmerece. Así que volvimos a salvar las vías por el subterráneo y girando a la izquierda salvamos la autopista por un elevado y fuimos a dar a una tienda muy cuca que chocolates La Trapa ha colocado allí, como un señuelo, a la vista de los que van y vienen por ese corredor frenético. Bueno, allí, en la terraza, al tibio sol de una tarde otoñal y con la música de fondo que proporciona la autopista, nos clavamos una taza de chocolate que de haber estado muertos a buen seguro nos hubiese resucitado. 

Como estábamos hartos ya de salvar vías y autopistas, por arriba y por abajo, decidimos regresar buscando caminos por la gran extensión que hay entre la autopista y el canal. De entrada atravesamos las instalaciones de un polígono fallido. Se veía con pena que los cacos habían hecho su agosto saqueando el cobre de todas las casetas para los servicios eléctricos del gigantesco complejo. Después, seguimos por un camino para tractores que bordea la autopista hasta llegar a lo de Pipas Facundo que ya como quien dice se toca con el monasterio de las clarisas en Calabazanos. De allí a casa, por la vía de servicio. 

Bueno, después de un día así, uno se explica mejor porque en este país se vive como se vive. Porque donde hubo no sólo se retuvo sino que, también, si se quiere, se puede mejorar, y mucho, el chocolate.  

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