Ayer fuimos por la nava hasta Becerril. Llegamos bastante hambrientos, cosa que después de veintitantos kilómetros pedaleando tampoco tiene tanto de particular. Nos dirigimos a La Cilla, el único restaurante que hay en el pueblo. Y se llama La Cilla porque esta ubicado en la cilla del monasterio derruido que tiene al lado. La cilla es al monasterio lo que el pósito al municipio: un silo para guardar el grano. Los monjes cobraban el diezmo a sus arrendatarios y lo guardaban en la cilla. El municipio cobraba sus impuestos en grano y lo guardaba en el pósito. Así tanto unos como otros tenían el grano almacenado y con ello la seguridad del sustento y, por ende, el poder.
La Cilla tiene un menú de quince euros, lo cual como que no es para todos los días. La comida está bien, pero sobre todo el vino. Nos pusieron un rioja de crianza de los que bebas lo que bebas no notas reseco por la tarde. El dueño nos dio palique, primero, para abrir boca, con lo de Cataluña, después describiendo su glotonería, luego con lo del vino y por fin, a instancias mías, con los cuadros que tiene colgados en la pared. No es que yo sepa ni poco ni mucho del asunto, que Dios me libre, pero para mí que tanto las bodegones al óleo como unas acuarelas de escenas campestres estaban bastante bien. O como se dice ahora, eran muy dignos. Por lo visto los había pintado el director de una de las sucursales bancarias del pueblo que acabó pagando con esos cuadros su afición a meter la mano donde no debía. El mundo es ansí, y qué le vamos a hacer.
Lo que sí me parece curioso y puede que sea un signo patognomónico de todo lo que ha cambiado este país para bien es la calidad de los cuadros que hay colgados en las paredes de los restaurantes de los pueblos. Como por arte de magia han desaparecido aquellos cervatillos que abrevaban en el riachuelo de un paisaje otoñal. El otro día en Casa Manolo de Medina también quedé sorprendido por los cuadros. Me dijeron que eran de un artista local. Por no hablar de los que hay en La Concordia de Monzón que ya les he comentado alguna vez. En resumidas cuentas que esto ya no es lo que era y, lo mismo que los cuadros, todo lo demás.
Por lo demás, como siga sin llover, ni cillas ni pósitos ni leches en vinagre. A este paso no va a haber agua ni para el gota a gota de las viñas. Y ya me dirán qué hacemos entonces aquí sin vino.
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