martes, 3 de octubre de 2017

Agorerismo

Ayer, mientras íbamos hacia Santander en coche por la autopista vimos a lo lejos pasar trenes abarrotados de coches. Por lo menos dos, o puede que tres. Y cada uno lleva 250, que los Proscritos de Alar se entretuvieron en contarlos. Van al puerto de Santander donde les meten en barcos con destino hacia sabe Dios dónde. En el ínterin paramos a repostar en La Puerta de La Montaña de Becerril de Carpio. Aquello es una fiesta permanente. Da igual que sea un sábado de agosto que un lunes de octubre. La explanada esta llena de camiones de todas las procedencias y con todo tipo de mercancías. La barra del bar no da abasto y en el outlet adjunto hay chollos para todos los gustos. Digno de verse. Después recalamos a comer en Aguilar, en el Monasterio de Santa María. Increíble lo que te dan allí por quince euros. Luego, volvimos a la autopista por un aire impregnado de olor a vainilla. Aquellas fábricas de galletas son cosa notable de ver, como lo que hasta hace poco pensábamos que sólo existía en América. Por la autopista, llegar a Santander es un paseo agradable. Allí, aparcar está chupado, siempre y cuando, claro está, no padezcas del mal catalán. Encuentras aparcamientos subterráneos hasta debajo del cielo del paladar. Además, sin turistas aquello parece hasta interesante. Hicimos la gestión para la que habíamos ido con una precisión exquisita. Como si hubiese sido en lo que siempre hemos supuesto de los países Bálticos. Y emprendimos la retirada bajo un cielo grisáceo que al llegar a Reinosa ya estaba completamente despejado y con una luna llena que facilitaba mucho la conducción nocturna. En Reinosa fuimos a lo de Vejo que lleva allí cien años y sigue sin defraudar. Cenamos como príncipes por menos de veinte euros y seguimos camino tutelados por la luna y sin apenas tráfico que nos perturbase. A las diez y media ya estábamos cada uno en su casa palentina. 

Y eso fue todo ayer, un día que, según la mayoría de las crónicas periodísticas, el país, esta España Nuestra que decía Cecilia, tenía la obligación de estar desmoronándose para no dejar en mal lugar a los cronistas agoreros que son casi todos. Eso, el agorerismo como consuelo de los dejados de la mano de Dios. Porque si estás jodido y encima vas y lees que todo está divinamente pues, de inmediato, te jodes doblememente. Es ley de la naturaleza y buenas ganas de querer cambiarlo. !Como si se pudiese!

No hay comentarios:

Publicar un comentario