Una de las primeras cosas de las que se dio cuenta la humanidad pensante, que no toda lo ha sido ni lo es, fue que cuando alguien se instala en la opulencia tiene un alto porcentaje de probabilidades de idiotizarse. No por otra causa es que haya hecho fortuna la teoría de las tres generaciones que ya Aristófanes utilizó como argumento de una de sus comedias: padre tonelero, hijo millonario y nieto pordiosero. ¿Quién no conoce ejemplos al respecto para dar y tomar?
Así, con tales precedentes, a nadie debe extrañar que en el lugar del mundo que vivimos pasen cosas tan chocantes. Y es que vivimos con tal grado de opulencia que es de lo más natural, yo qué sé, por ejemplo que millones de personas vayan por las calles hablando con sus perros como si realmente los hubiesen parido ellos. Porque los consideran sus hijos y no tienen el menor empacho en reconocerlo. Y no pasa nada, oye, que a todo el mundo le parece la cosa más natural.
Lo de Cataluña, más de lo mismo. Digamos que una mitad de su población ha dado en vivir convencida de que la otra mitad no existe. Simplemente no les ven y actúan como tal. Y así años y años sin que prácticamente nadie haya puesto el grito en el cielo. Los cuatro que osaron ponerlo se tuvieron que marchar so pena de sucumbir. Realmente sorprendente, desde luego.
Bueno, no me quiero extender con ejemplos de gentes o colectivos que se han instalado fuera de la realidad de las cosas que, como saben, es la manifestación más evidente de la idiocia. Así todo, y para terminar, les voy a recordar por parecerme sumamente peligrosa, la reciente manifestación de los más altos dignatarios europeos exigiéndole a Rajoy que solucione el "poblema" catalino sin recurrir a la fuerza. En la cabeza de esos dignatarios parece haberse instalado la idea de que la Fuerza de los Estados en realidad es sólo una excusa para sacar a pasear la cabra por el Paseo de la Castellana el día de la Fiesta Nacional.
Y así corre el mundo y debemos estar preparados para lo peor porque si no ando equivocado estamos ya muy cerca de esa tercera generación que se viste con los harapos que quedaron de los excesos de la segunda.
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