En realidad todo lo malo que pasa en este país que le dicen España es la consecuencia de tener una de las peores progresías del mundo. Lo sé a ciencia cierta porque yo también cojeé de esa pata de banco. Pero, a D. G., corrí mundo y topé con circunstancias que me abrieron los ojos. Pasaba yo por entonces una consulta de pulmón y corazón en un ambulatorio de San Adrián de Besos lo que me permitía intimar con la población charnega. De aquellos contactos extraje la conclusión de que mi yo más profundo sólo iba a aflorar si asistía a las clases de guitarra flamenca que daba Juan Trilla en el sótano de su tienda de instrumentos musicales del barrio de Horta. El alma de este país, quiera o no quiera la chusma progresista, es flamenca. Sin saber algo de flamenco uno anda por aquí a ciegas. Y, si no, escuchen a Falla, Albeniz, Granados, Rodrigo, etc., ¿de dónde se creen que les viene la inspiración?
Y mientras tanto la chusma progresista seguía entusiasmada con el Sr. Vibrator y demás cantautores de mierda. Que si paso a paso se hace camino al andar y demás gilipoyeces. Claro, cómo no van a estar encantadas las señoras con el Sr. Vibrator. Si eso las pone locas. Pero el pueblo llano, el que está realmente vivo, ese sabe de que va y va a ir el rollo y lo explicita con meridiana claridad en sus canciones. Todo, absolutamente todo, lo que concierne al ser humano está en ellas.
Los Chunguitos, los Chichos, dos prodigios de la intuición que otro gallo nos cantara si el puto progresismo no hubiese dedicado todos sus esfuerzos a ridiculizarlos. Cojan, por ejemplo, el tema de actualidad por antonomasia, ¿es que acaso no está ya prefigurado con pelos y señales en "¡Ay qué dolor!" de los Chunguitos y "Quiero ser libre" de los Chichos? Cojan, agarren, vayan a youtube y escuchen esas canciones. Les aseguro que si lo hacen se sentirán liberados inmediatamente de toda tensión patriótica. Porque el mundo siempre fue así: unos que se quejan de que otros hacen la maleta sin decir adiós y otros que la hacen porque se sienten prisioneros en un celda. Son cosas del espíritu que no tienen enmienda hasta que se desmorona la producción de hormonas. ¡Y qué le vamos a hacer!
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