No es frecuente que un octubre ya terminal nos regale un día tan perfecto para una excursión campestre. Fuimos hasta Becerril pedaleando por la Nava. Llegamos hacia las dos y media con el cansancio justo para no interferir con el apetito. Cruzamos el pueblo desierto camino de la Zilla. Había coches y furgonetas a la puerta. Más de los que suele ser habitual. El comedor estaba casi lleno, pero al fondo quedaba una mesa que rápidamente ocupamos a la espera de acontecimientos restauradores. En la televisión estaban retransmitiendo la asonada del Parlament Catalá. La gente miraba y callaba. De vez en cuando salía un comentario sarcástico de la mesa de al lado donde se ponían como el Quico un nutrido grupo de operarios del sector terceario. Como el servicio iba lento daba lugar a la contemplación del entorno. Justo enfrente me llamaba la atención un viejo documento encuadrado que sin duda alguien había utilizado en el pasado para forrar un libro. Cosas con pedigree, ya saben, que tanto valora el pueblo llano.
En la televisión seguía el rollo del Parlament. Todos los que por allí andaban, que eran los fieles a la causa, portaban un lacito amarillo pegado a la solapa. ¿Conocen ustedes algo que más le guste a la chusma que ponerse todos a una lacitos en la solapa? Porque es que, además, hay un color para cada buena causa. Para ellos, ponerse el lacito y, sin más esfuerzo, que es lo que en definiva cuenta, triunfar la buena causa, todo es una. Y así, de lacito en lacito, de cabeza al paraíso. En fin, qué le vamos a hacer si son como niños.
Por fin llegaron las patatas con callos. Es difícil describir, por no decir imposible, las sensaciones placenteras. Lo único, que el mundo alrededor se borra y el yo toma proporciones homéricas. El postre y el café lo tomamos en la terraza frente a la inmensidad silenciosa de la Nava. Sobrecogedor, desde luego.
Serían las cuatro cuando partimos en busca de una adecuación para echar la siesta. Justo a la salida del pueblo, cruzando el canal, hay un lugar ameno con mesas bajo los álamos gigantes. Nos tumbamos a dormir la mona. Los tractores que pasaban apenas conseguían desvelarnos. Y así hasta que la prudencia aconsejo no retardar más la partida. En lontanaza se veían, aquí y allá, las nubes de polvo que levantaban los tractores al arar la tierra seca. En Gascón hicimos otra tumbada en el césped del campo de fútbol. Cuando llegamos a la ciudad el sol estaba ya muy bajo y empezaba a refrescar.
Y eso fue todo.
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